Mis décadas con Fidel Castro – Enrique Krauze

Antes del triunfo de su Revolución, el Comandante declaró: “La historia me absolverá”. Pero si se examina el pesaroso legado de su gobierno, es probable que no lo haga.

Enrique Krauze literatura

CIUDAD DE MÉXICO — En enero de 1959, cuando era un estudiante de 11 años, me enteré del triunfo de la Revolución cubana por la madre de un amigo. Su esposo era un brillante economista marxista. “Por fin se hará justicia: todos pobres, pero todos parejos”, dijo la señora. Años después, ella me dio a leer Escucha, yanqui, el libro del sociólogo C. Wright Mills en el que exhibía la responsabilidad de Estados Unidos por haber explotado y menospreciado a los cubanos.

Supe entonces que el agravio histórico databa de la guerra de 1898 y, tras la invasión de bahía de Cochinos en 1961, presentí —como tantos otros— que se volvería insoluble. Lo que no era fácil de entrever era la dimensión que alcanzaría Fidel Castro como uno de los hombres más influyentes del siglo XX. Su biografía estaría inscrita en la de todos nuestros guerrilleros, líderes sociales, intelectuales, presidentes. Quiso ser el redentor de América Latina. Y para algunos, hasta el día de hoy, lo fue.

Casi todos los escritores de mi generación abrieron los ojos a la política con la Revolución cubana. Nuestros maestros en la universidad, contemporáneos de Fidel Castro, veían en ella la reivindicación definitiva de “Nuestra América” frente a la otra América, arrogante e imperialista.

Los suplementos literarios, las revistas y los novelistas que leíamos (Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes) celebraban la Revolución no solo por sus reivindicaciones económicas y sociales, sino por su oferta cultural. Leí los relatos de Franz Kafka en una magnífica edición cubana, que me pareció emblemática del renacimiento que vivía la isla. En las tertulias cantábamos una pegajosa canción de Carlos Puebla:

Aquí pensaban seguir

jugando a la democracia

y el pueblo que en su desgracia

se acabara de morir […]

Se acabó la diversión

llegó el Comandante

y mandó a parar

Aunque el marxismo formaba parte central del currículo universitario, la esperanza que convocó la Revolución cubana fue menos ideológica que religiosa y, más específicamente, redentora: “La luz de la historia haciéndose en el planeta”, como irónicamente la llamaría Gabriel Zaid, uno de sus primeros y escasos críticos. Por eso pocos se alarmaron con la adopción abierta del comunismo, que Castro proclamó en 1961. La muerte del Che Guevara en 1967 avivó aún más la llama del idealismo revolucionario. Cuando en octubre de 1968 el gobierno de México reprimió el movimiento estudiantil, mi generación se radicalizó de manera decisiva.

Pero en ese mismo año ocurrió algo desconcertante. Algunos seguíamos con emoción el “socialismo con rostro humano” que encabezaba Alexander Dubček en Checoslovaquia. Mientras nuestro movimiento enfrentaba los tanques del ejército mexicano, el 21 de agosto recibimos la noticia de la entrada de los tanques soviéticos en Praga, que Castro apoyó de manera inmediata e incondicional. A principios de 1969, cuando el joven Jan Palach se inmoló en la Plaza de Wenceslao para protestar contra la invasión, escribí un artículo en el que vinculaba el espíritu libertario de París en el 68 con el sacrificio de aquel héroe de la Primavera de Praga. Así terminó mi primera década con Castro: había pasado del entusiasmo a la desilusión.

Por atreverse a disentir públicamente del rumbo autoritario y dogmático que había tomado la Revolución, en 1971 el poeta Heberto Padilla fue forzado a confesar su culpabilidad y a purgar su condena en la cárcel. Varios escritores firmaron un par de cartas de protesta, pero en ellas faltó un nombre conspicuo: Gabriel García Márquez.