Envidias, millones, amigos dictadores y abusadores: los secretos de los príncipes británicos Carlos y Andrés

Si usted fuera miembro de la familia real británica —bien una alteza reconocida o alguien muy, muy abajo en la línea de sucesión al trono— siempre llegaría a salas llenas de gente, que esperan alegremente de pie y aplauden con entusiasmo ante su entrada.

No, no sería el efecto de su aura nobiliaria.

“La hora de llegada que se da a los invitados en las visitas reales es siempre demasiado temprano”, explicó Norman Baker, “para prevenir la aparentemente espantosa posibilidad de que alguien llegue después que la realeza en cuestión”. Nunca hay sillas en esas salas, porque “no se permite tomar asiento en presencia de la reina” y otros Windsor. Y empleados pomposamente vestidos se anticipan a la llegada del royal y piden “una ronda de aplausos”, para construir buen clima.

Tendría también otras ventajas tal vez más interesantes, como no pagar impuestos (Isabel II y el príncipe Carlos lo hacen desde hace poco, pero “voluntariamente”: es decir, pueden optar por no hacerlo, a diferencia de usted), mantener sus secretos inmunes a las leyes de acceso a la información, volar en avión privado (o helicóptero, para las distancias más cortas) y recibir invitaciones a vacaciones en islas privadas en el Caribe y otros regalos suntuosos (que le permitirían, por ejemplo, no repetir los diseños de alta costura en sus salidas).

Y para lo demás estaría el fisco: todos sus gastos, dado que la línea entre lo público y lo privado en el caso de la realeza es casi invisible, estarían cubiertos por las arcas públicas. Así lograría pronto una fortuna individual de £ 20 millones (USD 25,89 millones), como se estima el patrimonio promedio de cada Windsor adulto.

Esos detalles y numerosas revelaciones se encuentran en And what do you do? (¿Y usted a qué se dedica?), el libro que acaba de publicar Baker, ex miembro de la Cámara de los Comunes (“el hombre más fastidioso del parlamento”, lo llamó el ex primer ministro David Cameron), ex ministro del gabinete y actual miembro del Consejo Privado, un grupo de asesores de la reina que puede emitir órdenes ejecutivas.

El título sale de “las reglas imperiales de la monarquía británica”, según las cuales cuando un mero mortal y un miembro de la familia real se encuentran, corresponde a la alteza iniciar la conversación. “Una apertura estándar es preguntar ‘¿Y usted a qué se dedica?’”.

Explicó Baker: “Es algo seguro, no revela nada y permite que el personaje real elija un elemento de la respuesta para continuar. Si la respuesta no brinda una línea adecuada, se puede seguir con la segunda pregunta estándar: ‘¿Ha venido desde lejos?’”.

Si Isabel II, su hermana Margaret y la Reina Madre son personajes destacados en el libro, al menos salen ligeramente mejor paradas que los príncipes Carlos y Andrés, a cuyas escabrosas maniobras patrimoniales y personales se dedican capítulos enteros. “Pensé que sabía bastante sobre los mecanismos internos de la familia real, pero me asombré a mí mismo con los hallazgos en el curso de la investigación de mi nuevo libro”, escribió Baker, un liberal demócrata que participó, como parte de la coalición con los conservadores, del gobierno de Theresa May hasta que en 2014 renunció a su puesto de ministro de Prevención del Crimen: trabajar con May era como “caminar en barro”, comparó.