Francisco Olivares en Infocifras: El signo violento de la intolerancia se esparce por Latinoamérica

Apenas poco más de la mitad de los latinoamericanos aceptan la democracia como una necesidad según los resultados del informe LatinoBarómetro 2018. La tendencia sigue decreciendo mientras los que promueven con violencia el populismo de izquierda celebran la destrucción institucional. La experiencia populista venezolana no ha sido comprendida por las juventudes del continente

Francisco Olivares

En 1999 la clase media venezolana había vivido 40 años de democracia pero estaba descontenta. Un profesional recién graduado podía tener ingresos de 4 salarios mínimos o más, la posibilidad de comprar vehículo a crédito o acceder a una vivienda a través de subsidios con tasas a 10% que se le exigía a la banca para esos fines. Para entonces el sueldo mínimo estaba en 120 mil bolívares mensuales, lo que equivalía a 198,12 dólares al mes. En Chile con un sueldo mínimo promedio de 550 dólares hay una explosión social.

Venezuela ocupa el último lugar en el renglón de salario mínimo mensual en la región latinoamericana con 6$ ó 7$; Cuba con 15$ y Haití con 68$, aproximadamente. Chile posee el más alto en Latinoamérica, sólo superado por Costa Rica con 529$.

Antes del chavismo en el parlamento venezolano estaba representado todo el espectro político del momento; hasta la extrema izquierda con personajes que fueron figuras emblemáticas de la lucha armada, autores de secuestros y asaltos a entidades bancarias, ocupaban un espacio minoritario que no pasaba del 10%, pero desde allí hacían valer sus posturas.

Podía decirse que hasta esa fecha la población venezolana, con todas las críticas y cuestionamientos que se le hacían al modelo político y económico venezolano daba su aprobación a la democracia y a su sistema electoral; aceptado por todos los factores y con una independencia de poderes que había permitido el juicio y destitución de un Presidente.

Pero en los últimos meses de aquella última campaña electoral en democracia, los grandes partidos, Acción Democrática y Copei, habían perdido su electorado y surgido figuras de la antipolítica como Irene Sáez, Henrique Salas Römer y Hugo Chávez Frías. Los electores optaron entonces por el tercero; un militar golpista con un proyecto político autoritario y al cual se alinearon, no solo la mayoría de la clase media, sino factores clave de la economía, medios de comunicación y aquel famoso grupo de “Los notables” integrado por importantes académicos.

Dos sucesos habían marcado el ascenso del autoritarismo y el militarismo: el Caracazo del 27 de febrero de 1989 y el golpe de Estado del 4 de febrero de 1992.

El Caracazo se caracterizó por una reacción social destructiva, con saqueos y quema de propiedades, con muertos, heridos, desaparecidos y daños al patrimonio por más de 3 mil millones de bolívares.

De ese evento el chavismo se ha atribuido su protagonismo en la conducción de esas manifestaciones junto a la ultraizquierda de la época; de hecho, la fecha se reivindica como el antecedente al golpe de 1992 y a la elección de Hugo Chávez en 1999, como hechos históricos vinculantes.

Latinoamérica se enciende

Hoy Latinoamérica vive situaciones de cierto paralelismo con los sucesos de Ecuador, Chile, Bolivia y Argentina, que con sus diversas variables, se le atribuye una incidencia clave a la izquierda mundial, pero al mismo tiempo al desgaste de las democracias cuando sus ciudadanos comienzan a buscar “mesías”, militares, figuras autoritarias o vías distintas para satisfacer sus aspiraciones de mejores condiciones de vida. Todos estos países que protagonizaron gobiernos de izquierda en la última década, y fueron sacados con los votos y cuyos ex presidentes, enriquecidos, están siendo procesados por delitos de corrupción, hoy se vuelcan en contra los presidentes democráticos que los desplazaron. En tanto desde las calles, jóvenes manifestantes, en medio de los destrozos y acciones violentas, reviven las figuras del Che Guevara y de Fidel Castro y la hoz y el martillo aparecen impresas en los cristales destrozados.

Analistas y especialistas en política se preguntan cómo Chile, un país con la economía más estable de Latinoamérica y con un crecimiento sostenido esté sufriendo manifestaciones masivas y destructivas, semejantes a las ocurridas en Venezuela en 1989.

Aunque el origen de las manifestaciones en Chile fue la subida del boleto del metro de Santiago y el gobierno de Piñera dejó sin efecto las medidas, las manifestaciones no han cesado y se ha vuelto masivas; hasta el punto que se exige la salida del gobierno electo.

Según datos del Banco Mundial, Chile ha reducido la pobreza. Datos publicados por BBC Mundo indican que en el año 2000, la población que vivía con menos de 30 dólares al día eran 30% de la población y hoy constituyen 6,7 de la población. La mitad de los trabajadores ganan 562 dólares al mes, muy cercano al sueldo mínimo. El ascenso económico ha sido constante a partir del derrocamiento de Salvador Allende en 1973, cuando Chile optó por el camino del liberalismo económico, primero con el dictador Augusto Pinochet; pero luego, desde 1990 bajo el acuerdo de gobernabilidad entre partidos democráticos y socialistas.

A pesar de los avances, gran parte de la población piensa que el modelo económico es injusto y la distribución de la riqueza ha favorecido a un mínimo porcentaje de la nación. Es decir, el ascenso social resulta cuesta arriba para la mayoría y sólo 11% de la juventud de clase baja puede graduarse en una universidad; el transporte público es uno de los más caros del mundo en relación al ingreso medio: de un ranking de 56 países, el de Chile es el noveno más costoso y puede gastarse hasta 30% de los ingresos en transporte. Para los jóvenes de bajos recursos acceder a una carrera universitaria es cuesta arriba; se requieren unos 30 mil dólares para cubrirla y a pesar de que existen los créditos educativos, los profesional pasan al menos la mitad de su vida profesional pagando la carrera.

Para los miles de venezolanos que han tenido que emigrar a Chile esta es una realidad difícil de entender, y a pesar de que con su nuevo estatus de migrante, apenas pueden superar el salario mínimo, pero estos ingresos han sido una opción de sobrevivencia frente a lo que sufrieron en Venezuela. En Chile, miles de venezolanos habían encontrado la tranquilidad perdida y una parcial estabilidad en los ingresos, dejando atrás a una Venezuela en la que, bajo el chavismo, el salario mínimo apenas llega a 7 dólares al mes; sistemas de salud colapsados, no hay medicinas y el transporte público resulta impagable para los sectores populares que deben bajar de los cerros de Caracas o trasladarse desde las ciudades dormitorios a los centros de trabajo y destinar 25% del salario mínimo. Es decir, a pesar de que la propaganda gubernamental habla de la salud gratuita, educación y los programas de vivienda y alimentación; la corrupción y la destrucción del aparato económico e industrial venezolano hizo inviable esas premisas que tanto promovió el chavismo.

Cuidado, Argentina

De Argentina se dice que de no haber ganado el candidato del peronismo, Alberto Fernández, hoy ese país estaría encendido en protestas en contra de Mauricio Macri y lo mismo tal vez estaría ocurriendo en Bolivia, independientemente de las acusaciones de fraude que pesan sobre Evo Morales, quien se lanzó a la presidencia violando la Constitución. Sería su cuarto período consecutivo en el poder, dando al traste con la alternabilidad que tanto pregonan las democracias.

Hay un hecho que pudo haber pasado desapercibido en Argentina, que fue una manifestación de grupos de izquierda en apoyo a las protestas de Chile, el pasado 22 de octubre frente a la embajada en Buenos Aires. Lo que al principio fue una manifestación pacífica de apoyo a los sucesos de Chile, terminó en el mismo tono que la de los chilenos cuando un grupo de los asistentes comenzaron a lanzar piedras y bombas molotov y atacaron a los periodistas que cubrían el acto  resultando heridos varios de ellos.  Asimismo, prendieron fuego a contenedores de basura. Las pancartas que más resaltaban fueron las de Izquierda Socialista, y Juventud Revolucionaria al grito de “Piñera renuncia” y “Chile se cansó”. También participaron el Partido Socialista de Trabajadores, la Central de Trabajadores Argentinos, controlado por el peronismo, Partido Obrero y organizaciones anarquistas.

El triunfo de nuevo del peronismo, encarnado en la dupla de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, representa el regreso del populismo de izquierda para ese país y un gran aliado del chavismo y del Foro de Sao Paulo.

Sin embargo, es de resaltar las profundas diferencias que tanto los gobiernos de los Kirchner, el de Rafael Correa en Ecuador el de Lula Da Silva en Brasil, el de Evo Morales en Bolivia y los gobiernos socialistas que han gobernado en Chile (Ricardo Lagos y Michelle Bachelet), en su modelo han estado muy distantes a la experiencia venezolana. Aunque han sido grandes aliados en negocios y en la política internacional en ninguno de esos países se llevó el estatismo al extremo como en Venezuela, se respetó la propiedad privada y a las empresas multinacionales. Sus economías han mantenido el crecimiento y la inflación ha sido controlada, con excepción de Argentina.

La izquierda sin referentes

De modo que al día de hoy no se puede catalogar a este movimiento que surge en Latinoamérica como una renacer de la izquierda comunista que se conoció hasta la década de los 70. En el mundo no hay un referente que cohesione una nueva ideología comunista o socialista. Venezuela no es referente como modelo socialista para los latinoamericanos y el fracaso del régimen de Nicolás Maduro es reconocido hasta por antiguos aliados y en las filas del socialismo internacional. El pragmatismo y el interés económico han copado el campo político y estas nuevas alianzas, igualmente, entre populistas y autoritarios se trazan en base a ellos. Dos de sus líderes mundiales: China y Rusia dejaron atrás la ideología y encaminaron sus países hacia el libre mercado con gobiernos autocráticos.

Sin embargo, el fantasma de la influencia de una izquierda populista vuelve a aparecer con fuerza en el continente y el cuestionamiento a las democracias renace en las nuevas generaciones.

Las entrevistas realizadas por diversos medios informativos a jóvenes durante las manifestaciones en Chile reflejan una juventud descontenta que invoca al “fantasma del comunismo”. Algunos expresaban que eran los “nietos de los comunistas de la época de Salvador Allende” y otros exaltaban figuras del Che Guevara y Fidel Castro. Sin embargo, al preguntárseles sobre qué parte del pensamiento de estas figuras podían ser aplicadas en la situación actual, luego de divagar, reconocían no conocer a fondo las ideas de estos “héroes” a quienes exaltaban.

El último estudio de “LatinoBarómetro”, correspondiente a 2018, aporta unos datos “espeluznantes” sobre los que sería necesario reflexionar con preocupación sobre la percepción de los latinoamericanos sobre las democracias. A la pregunta: ¿La democracia es preferible a cualquier otra forma de Gobierno? Argentina respondió afirmativo 57,9%; Bolivia 52,8%; Brasil 33,9%; Chile 58,5%; Colombia 53,5%; Ecuador 49,8% y Venezuela 74,5%.

En promedio frente al año anterior, la percepción de la importancia de la democracia para nuestros países ha caído 5%. Es decir, es una dinámica que va creciendo en el continente, en donde ya no importan las variables macroeconómicas o vivir en libertad y con instituciones que garantizan la alternabilidad en el poder. Por ello se destaca la posición de los venezolanos con 75,5% a favor de la democracia dado que es un país que perdió su sistema de libertades.

En 2010, el índice de apoyo al modelo democrático en Latinoamérica  era de 61%. Pero no es solo desde la izquierda populista que se activa el ataque a las democracias. En Brasil solo 33% manifestó su defensa de este modelo y ha elegido como presidente a una contraparte como Jair Bolsonaro, un ex militar que es señalado de autoritario en su modo de gobernar.

Pero aún más. 30,2% de los consultados en Latinoamérica se declara como indiferente ante ser gobernado por el autoritarismo o la democracia, o no responde ante ese dilema y 13,8% aceparían un gobierno autoritario “en determinadas circunstancias”.

En Venezuela se produjeron fuertes manifestaciones masivas en contra del modelo del Socialismo del siglo XXI y para la salida de Nicolás Maduro del poder ante los evidentes fraudes ocurridos en procesos electorales. En Venezuela no hubo negociación. La represión fue muy superior a lo que se ha visto en Chile y Ecuador. En esos países sus mandatarios cedieron y negociaron ante las reclamaciones.

Una gran diferencia es que las manifestaciones venezolanas fueron pacíficas y las acciones de violencia fueron defensivas. Pero la intolerancia del régimen chavista tuvo su efecto en el gran número de heridos, fallecidos, discapacitados, por parte de las fuerzas represivas; además de los detenidos y exiliados. Tras estos sucesos se ha producido una diáspora sin precedentes que alcanza a 6 millones de venezolanos, para dejar atrás a un país con una hiperinflación jamás vista, escasez, colapso de servicios públicos, dominio de las mafias delictivas y una alta corrupción que alcanza a casi todas las figuras del poder. El contraste entre el nivel de vida de la población y la que exhibe la burocracia gubernamental y militar, no tiene parámetros con los países de la región. Todo ello está registrado en el informe de la ONU de Bachelet.

Sin embargo, toda esa experiencia venezolana no ha sido asimilada por el continente y sus riesgos están a la vista. El signo violento y destructor registrado en Chile devela un elemento de intolerancia propio del discurso que emana del Foro de Sao Paulo y los mensajes de los autócratas como Miguel Díaz-Canel, Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Rafael Correa, Evo Morales, Daniel Ortega y otros exponentes de la alianza antidemocrática, quienes celebran dichas acciones como las “brisas que recorren el continente” para el regreso del socialismo del siglo XXI para Latinoamérica.