La calle está fría

El llamado de Juan Guaidó a mantenerse a partir del 16 de
noviembre en la calle sin retorno, no tuvo éxito. La petición partió
de una visión demasiado voluntarista.

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La premisa fue más o menos
la siguiente: Si hubiese un líder que convocase, los venezolanos
seguirían el ejemplo de los ecuatorianos, chilenos, bolivianos y
colombianos, pueblos que se han alzado con fuerza y furia por
distintas razones contra sus respectivos gobiernos. La ‘primavera
suramericana’ podría extenderse a Venezuela, pues si en algún país
existen razones para indignarse y protestar, ese es el nuestro.
La hipótesis resultó falsa. Los venezolanos, en efecto, tienen
muchas razones para movilizarse. El problema es que también
poseen otro tanto para no hacerlo. Estas han predominado. En el
origen de la desmovilización -o el reflujo, como se diría en el
lenguaje más tradicional-, se encuentran el éxodo de millones de
venezolanos jóvenes, que podrían participar en las convocatorias de
masas, la rutinización de las marchas, y el fracaso de las
movilizaciones masivas y revueltas de 2014 y 2017, que dejaron un
trágico saldo de estudiantes acribillados, y dirigentes políticos
detenidos o exiliados. El resultado concreto de esas grandes
manifestaciones fue magro. El régimen logró pulverizar el referendo
revocatorio que acabaría con el mandato de Nicolás Maduro. No se
firmó en Santo Domingo un acuerdo que permitiera resolver la
crisis. Las direcciones de los partidos políticos más importantes
fueron desbaratadas. El régimen impuso la Constituyente y, luego,
las elecciones presidenciales de mayo de 2018, cuando Maduro fue
reelecto. Las movilizaciones en masa entre 2014 y 2018 no

produjeron victorias, sino que propiciaron respuestas por parte del
gobierno que descalabraron a los opositores.
2019 despuntó con un esperanzador renacimiento del
movimiento ciudadano. Juan Guaidó logró reanimar a una oposición
frustrada, desesperanzada y resignada a calarse los siguientes seis
años de Maduro. El Presidente de la Asamblea Nacional se conectó
con el malestar de millones de venezolanos maltratados por el
régimen. Propuso la famosa tríada, millones de veces repetida: cese
de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres. Por
unos meses pareció que esta vez las metas sí se alcanzarían y que
una nueva etapa se abriría para la nación. Finalizando el año, los
objetivos no se han alcanzado y el gobierno se ve tan robusto como
siempre, a pesar de su impopularidad, de las calamidades que ha
desatado y del aislamiento internacional. Por supuesto, que la
frustración ha resurgido. La sensación de fracaso vuelve a
apoderarse de la gente. Este sentimiento conduce a la parálisis.
A estos factores hay que agregar la política deliberada diseñada
y ejecutada por el gobierno, dirigida a desmovilizar a los ciudadanos
y aterrorizarlos. El instrumento fundamental de extorsión son las
cajas Clap, para muchos habitantes de los sectores más pobres, el
único medio del cual disponen para proveerse de ciertos alimentos y
bienes, por precarios que estos sean. Más de 80% de los pobladores
de los barrios reciben, aunque de manera irregular, esas cajas. El
temor a dejar de recibirlas constituye un poderoso factor de
inhibición. El gobierno amenaza con los Clap.
El otro componente de la tenaza es el Carnet de la Patria,
vehículo para obtener las pequeñas prebendas, limosnas, concedidas
por Maduro. Retirarle, anularle o no concederle el carnet a una
persona, significa excluirlo de los Clap y del sistema de reparto
clientelar de dinero a través de la banca oficial, diseñado por el

régimen. La nación se encuentra en manos de unos señores que
manejan el presupuesto público para comprar lealtades y, cuando
esto resulta insuficiente, para intimidar a los ciudadanos.
La combinación entre el fracaso, la decepción, la manipulación
y el chantaje, han creado esta realidad paradójica: el país se
encuentra arruinado, la población empobrecida, los motivos para
manifestar abundan, pero la gente no acude a las jornadas
convocadas por la oposición. Las miles de protestas que ocurren en
todo el territorio nacional por la escasez de agua, luz, etc., se dan en
una escala tan reducida, que no afectan en nada la estabilidad del
régimen.
La dirigencia opositora no logra anular la acción del gobierno,
ni puede conectarse con el malestar de la ciudadanía y avivarlo.
Ahora, toca recomponer el liderazgo, dividido por numerosos
conflictos internos, diseñar una nueva estrategia que redefina los
objetivos trazados al inicio de 2019, promover metas alcanzables
que no conduzcan al escepticismo. Anda en curso la designación de
un nuevo CNE. Pronto hay que definir la participación en las
parlamentarias. Ambos son temas de enorme importancia.
Esperemos que se recupere la sensatez y se eviten espectáculos tan
deplorables como el que ha girado en torno a Humberto Calderón
Berti.
Volver a movilizar los ciudadanos representa un reto colosal.
Los venezolanos no se han rendido. Las protestas cotidianas lo
demuestran. El desafío reside en cómo canalizarlas hacia el cambio
del régimen. Las próximas elecciones parlamentarías serán una
excelente ocasión para reacoplarse con la gente.