La dolarización salvaje

Como ocurre con todo lo que hace el régimen, la dolarización de la
economía venezolana ha sido anárquica y salvaje. Está provocando
una forma aún más agresiva de segmentación de los ciudadanos.

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Cedice ha planteado desde hace años la conveniencia de dolarizar la
economía de forma ordenada. Sus argumentos fueron rechazados
por “neoliberales”. Ahora se impuso la realidad del mercado, que
sometió al gobierno, solo que de forma caótica, sin plan ni concierto.
La línea divisoria se da entre quienes poseen dólares y quienes
se encuentran excluidos de este privilegio. Incluso, dentro de los que
acceden a la divisa existen varios estratos: quienes poseen sus
ahorros en la moneda norteamericana, quienes reciben remesas de
forma permanente u ocasional, el reducido sector de profesionales
que cobran sus honorarios en verdes y los trabajadores a destajo
(plomeros, albañiles, electricistas, buhoneros) que exigen el pago en
esa moneda. Frente a la evaporización del bolívar, la divisa
estadounidense surgió como refugio. Cerca de 35% de las
operaciones comerciales se realizan bajo esa modalidad.
Al contrario de lo dicho por Nicolás Maduro frente a José
Vicente Rangel, la dolarización no es un símbolo del éxito de la
política económica del régimen, sino una manifestación inequívoca
de su estruendoso fracaso. El proyecto socialista de Hugo Chávez y
Nicolás Maduro ha significado un desastre para la nación,
especialmente para los grupos más pobres. El Primer Plan Socialista
de la Nación (2006-2013) y el Plan de la Patria (2013-2019) -cada
uno de los cuales tuvo su propia reconversión monetaria, creando,
uno, el Bolívar Fuerte (2008), y el otro, el Bolívar Soberano (2018)-
pulverizaron la moneda nacional, el bolívar, la única aceptada por la

Constitución del 99, aprobada cuando Chávez se encontraba en la
apoteosis del poder. Desde entonces el bolívar se devaluó tantas
veces, que los venezolanos no quieren guardarlo en sus bolsillos
porque se los quema.
La dolarización madurista es un signo de la hipocresía y
cinismo del régimen. Maduro le dijo a Rangel que se siente feliz por
la circulación de los dólares, sin embargo, mantiene el sueldo
mínimo y las pensiones en cuatro dólares al mes. El salario de los
maestros, las enfermeras, los profesores de bachillerato y
universitarios apenas llega a ocho dólares mensuales. En el mismo
orden se encuentra la mayoría de los empleados públicos. Venezuela
exhibe el salario mínimo y el salario promedio más bajos de toda
América Latina, incluidos países miserables como Cuba y Haití.
La dolarización no es el resultado de la diversificación del
aparato económico y el crecimiento de las industrias exportadoras,
del aumento de la producción petrolera y el fortalecimiento de
Pdvsa, de la expansión del turismo, de la transformación de
Venezuela en un país que brinda eficaces servicios a la economía
mundial. Nada de eso ha ocurrido. Los dólares que entran en el
torrente circulatorio lo hacen de formas extrañas. Una parte proviene
de las remesas. Una franja de los cinco millones de compatriotas que
han huido al exterior envía ayuda a sus familiares. Otra capa utiliza
sus ahorros para mantener su calidad de vida en medio del deterioro
global. Ese es el dinero que sirve para el menudeo, para las pequeñas
y modestas operaciones. Hay otro grupo que no puede justificar el
lujoso tren de que vida que lleva, argumentando que recibe la ayuda
de un hijo o un sobrino. Nada de eso. La procedencia de esa masa de
dinero que se gasta en boato y ostentación es de dudosa procedencia.
¿De dónde sale, si las empresas están semiparalizadas, el desempleo
crece, la informalidad aumenta, la productividad es cada vez menor?

No adelanto ninguna hipótesis, pero esos grupos son sospechosos de
incurrir en prácticas cuestionables.
La dolarización ha convertido al país en una sociedad cada vez
más regresiva, desigual y polarizada. Vino acompañada de una
liberación subrepticia de los precios, sin que se hubiese estimulado
con medidas financieras o fiscales el ascenso de la producción, y sin
que el Gobierno hubiese elevado su capacidad importadora.
Utilizando el Índice de Gini, tan manoseado por la izquierda
continental, Venezuela aparece entre las naciones con ingresos más
regresivos, concentrados, de todo el continente, caracterizado ya de
suyo por la desigual distribución del ingreso.
La dolarización, al igual que la estatización de las empresas
que antes estuvieron en manos privadas, demuestra la desidia,
incompetencia y corrupción insondables de los maduristas. Ninguna
de las empresas que en el pasado fueron eficientes, generaban
ganancias a sus dueños y accionistas y pagaban impuestos al Estado,
hoy producen beneficios. Son lastres con los cuales debe cargar la
nación, para que Maduro y su gente hagan ejercicios de demagogia
socialista a través de la red de medios oficiales. Esas empresas han
sido útiles para enriquecer a sus directivos, generalmente militares
activos o retirados, pero no para mejorar la oferta de bienes y
servicios para la gente.
Maduro y el socialismo del siglo XXI son destructivos. Son el
verdadero y único enemigo de Venezuela. ¿Cuándo los demócratas
entenderemos esta verdad inapelable?