Archivos por Etiqueta: Carlos Alberto Montaner

El lapidario tuitazo de Carlos Alberto Montaner sobre el macabro plan de Maduro en torno a la economía en Venezuela – Imperdible!

Conoce lo más reciente que publica el periodista Carlos Alberto Montaner en sus redes sociales.

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Una vacuna contra la “volvedera” – Carlos Alberto Montaner

Unos seis millones de hispanos parlantes leen los artículos del  periodista y escritor  Carlos Alberto Montaner. En Domingo Cultural de Infocifras, Montaner nos regala su opinión semanal
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Carlos Alberto Montaner revela el porque los gringos negocian con la FANB y Diosdado: las razones, lean

Todo sucedió el jueves pasado. Es sólo cuestión de unir los datos y extraer las conclusiones. Los gringos, en su envidiable lenguaje de síntesis, le llaman “connect the dots”. Leer Más

Argentina vuelve al peronismo – Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner nació en La Habana, Cuba, en 1943. Reside en Madrid desde 1970. Ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor y periodista. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna Leer Más

4 de julio ¿Por qué USA está a la cabeza del planeta? Carlos Alberto Montaner – Vídeo

Carlos Alberto Montaner nació en La Habana, Cuba, en 1943. Reside en Madrid desde 1970. Ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor y periodista. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna Leer Más

“La Bachelet y la dictadura de Maduro” Por Carlos Alberto Montaner (Audio)

Conozca lo que opina el afamado periodista Carlos Alberto Montaner sobre la reciente visita de Michelle Bachelet a Venezuela.

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“El ranking de los presidentes de América” Por Carlos Alberto Montaner

El escritor y periodista Carlos Alberto Montaner presentó un audio con la posición que ocupan actualmente algunos presidentes de América 

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“¡Ah, el Brexit!” Por Carlos Alberto Montaner

Sucedió en junio de 2016 y todavía no se sabe cómo se llevará a cabo. Por lo pronto les ha costado el cargo a dos Primeros Ministros conservadores del Reino Unido: David Cameron y Theresa May.

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“La decadencia del proyecto imperial de Estados Unidos” Por Carlos Alberto Montaner

¿Estamos más cerca de otra guerra? No lo sé, pero si viene será mucho más peligrosa porque la bomba atómica se ha escapado de la polvorienta lámpara maravillosa y está al alcance de cualquiera que sepa frotarla y tenga recursos para ello.

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“Venezuela y el peligroso modelo nicaragüense” por Carlos Alberto Montaner

Están a punto de meter en la cárcel a Juan Guaidó. Nicolás Maduro y los servicios cubanos lo están sopesando. La detención de Edgar Zambrano, Primer Vicepresidente de la Asamblea Nacional, es un ensayo general para la aprehensión del Presidente Guaidó. Tientan el terreno. Maduro y Raúl Castro han llegado a la conclusión de que no es posible controlar el poder con otro foco de autoridad suelto en Venezuela. No menciono al “presidente” cubano Miguel Díaz-Canel porque es el chico de hacer los mandados.

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“Cuba es parte del problema Venezolano, no puede ser parte de la solución” Por Carlos Alberto Montaner

En el Blog de Carlos Alberto Montaner, este periodista considera, a través de un audio, un error que el Grupo de Lima pida a Cuba que deje a un lado el apoyo a Venezuela, ya que opina que nunca lo hará. 

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“La lealtad en los tiempos de crisis” Por Carlos Alberto Montaner

Dice Leopoldo López que a su domicilio acudieron generales a expresarle alguna suerte de solidaridad. Debe ser cierto. Por lo pronto, Manuel Ricardo Cristopher Figuera, el ex jefe del SEBIN (Servicio Bolivariano de Inteligencia), está escondido. López huyó de su casa, donde cumplía arresto domiciliario, gracias a la complicidad de algunos miembros del SEBIN.

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Cómo combatir los prejuicios Por Carlos Alberto Montaner

CNN en español le ha declarado la guerra al prejuicio. La iniciativa fue de la presidente, Cynthia Hudson. El primer disparo lo hizo Camilo Egaña en su programa de entrevistas.

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¿Socialismo en Estados Unidos? por Carlos Alberto Montaner

Donald Trump asegura que Estados Unidos jamás será socialista y no define a qué llama socialista opina Carlos Alberto Montaner en su blog

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Carlos Alberto Montaner: El desenlace venezolano

Ocupar una nación grande, enfrentarse a las bandas armadas, celebrar elecciones y crear una policía capaz de sostener la autoridad, es una tarea que puede durar un par de años y Trump no está dispuesto a llevarla a cabo.

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¿Qué pasará ahora con Venezuela y Juan Guaidó?

El Grupo de Lima ha renunciado al uso de la fuerza para salvar a los venezolanos de la barbarie del régimen. Nicolás Maduro está feliz. Esa declaración le resta credibilidad al Grupo.

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Carlos Alberto Montaner: ¿Qué pasará ahora con Venezuela y Juan Guaidó?

El Grupo de Lima ha renunciado al uso de la fuerza para salvar a los venezolanos de la barbarie del régimen. Nicolás Maduro está feliz. Esa declaración le resta credibilidad al Grupo. Son 13 países, casi todos muy importantes. Eran 14, pero en la práctica hubo una baja notable tras la elección de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en México.

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Panorama venezolano desde Cuba – Carlos Alberto MOntaner

El Comité Central del Partido Comunista de Cuba (o sea, Raúl Castro) está muy preocupado. Ha hecho publicar en Granma, su tribuna, una “Declaración del gobierno revolucionario” con el objeto de “detener la aventura militar imperialista contra Venezuela”.

Los operadores políticos cubanos radicados en Venezuela saben (y así se lo han hecho saber a La Habana) que Nicolás Maduro está liquidado sin remedio. No tienen forma de salvarlo. Juan Guaidó tuvo el respaldo de 87% de los venezolanos, pero, según las encuestas, en los últimos días aumentó más de 3 puntos. Ya exhibe 90,08% frente a 3,75% satisfecho con Maduro.

Por la otra punta, 51 de las mayores y más acreditadas democracias del planeta reconocen a Guaidó. Asimismo, es el gobernante legítimo de acuerdo con la Constitución del país, mientras la Asamblea Nacional, la única institución oficial del país internacionalmente aceptada, lo ha convertido en “presidente interino”.

La hipótesis que todos manejan (incluido el régimen cubano) es que el 23 de febrero, o antes, cuando lleven la ayuda humanitaria a los venezolanos, el mínimo respaldo que posee Maduro se desmoronará.

En ese punto, la dictadura cubana podrá darle a su colonia la orden de utilizar la violencia, pero Estados Unidos, Brasil, Colombia y otras naciones libres latinoamericanas entrarán en combate junto los demócratas venezolanos e impedirán rápidamente un triunfo de los golpistas de Maduro. Esto acabaría con la infraestructura de las FARC, el ELN y los islamistas.

Ya navega cerca de Venezuela una escuadra estadounidense que incluye un portaviones, mientras en Cartagena fondean decenas de buques de guerra y varios submarinos. Al fin y al cabo, es imprescindible ponerle fin al éxodo de los venezolanos hacia Colombia y Brasil, y eso no se logrará mientras Maduro mantenga el poder secuestrado y la hiperinflación destroce la economía del país.

Raúl Castro no sabe qué hacer. Resistir inútilmente le parece una sangrienta idiotez, pero la vorágine acaso lo arrastre, como le sucedió a Cuba en Granada en 1983. Los rusos no pueden darle protección real a Maduro. Se limitarán a declaraciones retóricas que serán utilizadas por los camaradas de todos los países para reclutar pacifistas ingenuos o acanallados agitando el fantasma de una guerra mundial.

No habrá tal conflicto. El acuerdo tácito entre Moscú y Washington es que “los rusos” actúan en Ucrania o en el Cáucaso y “los americanos” en su inmediata zona de influencia, es decir, en Venezuela y América Latina. A los chinos lo único que les interesa es cobrar los 65 000 millones de dólares adelantados al inútil de Maduro y asegurarse el suministro de materias primas. Si lo logran con Guaidó, excelente. Para pagar y vender cualquiera es bueno.

Ahí no terminan las cuitas de Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel. El 24 de febrero adoptarán una nueva Constitución mediante un referéndum señalado para ese día. La consulta electoral ya ha sido totalmente deslegitimada por Transparencia Electoral, una institución dirigida por el politólogo argentino Leandro Querido, y por los opositores –entre otros– Rosa María Payá, José Daniel Ferrer y Guillermo Toledo.

Todos, pese a carecer del menor acceso a los medios de comunicación, les han pedido a los cubanos que voten NO a una Constitución que consagra el partido único y posee unos candados legales que hacen imposible modificar ese régimen absurdo. El “aparato” castrista, por su parte, mediante un sistema triple de sondeos constantes, ha logrado saber que una parte sustancial de los cubanos se dispone a votar NO, y la respuesta ha sido brutal: palo y tentetieso.

¿Cómo han conseguido burlar a los cancerberos propagandísticos del régimen? Por algo que, en su momento, señaló Yoani Sánchez: porque la revolución digital es casi imposible de detener, incluso en Cuba. Basta un simple teléfono “inteligente” para que penetren mil mensajes, Facebook, Twitter, Instagram y el resto de las herramientas que sirven para acallar la propaganda de los regímenes totalitarios. Y basta un simple error para que caigan los muros y surjan las “primaveras” liberadoras sin que nadie sepa cómo y sin que nadie sepa cuándo.

Es posible que el fin de la tiranía venezolana afecte a Nicaragua, a Bolivia y a Cuba. Esos son los restos del socialismo del siglo XXI. ¿Se inmolarán Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel defendiendo la causa perdida de Nicolás Maduro? El último párrafo del análisis-advertencia publicado en Granma asegura que lo harán. Yo los creía más inteligentes.

¿Y ahora que hará Cuba hacia Venezuela?

El régimen de Maduro se hunde, y surge la gran pregunta: ¿Qué hará Cuba? 

Según una encuesta reciente el 83 por ciento de los venezolanos quiere salir urgentemente de ese señor. Prefiere al ingeniero Juan Guaidó. A Maduro sólo lo respalda un 4.6 por ciento. 

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La desesperación latinoamericana – CARLOS ALBERTO MONTANER

Guy Sorman es un notable pensador francés. Publicó recientemente un artículo en ABC de Madrid titulado “El futuro retrocede en América Latina”. Es un texto brillante y desesperado. Bienintencionado, pero desesperado. Leer Más

El empobrecedor de Nicaragua – Carlos Alberto Montaner

Al comienzo de la carnicería nica, Daniel Ortega habló con un alto funcionario del gobierno federal norteamericano. Parecía que estaba dispuesto a adelantar las elecciones, entregar el poder y largarse. Leer Más

Enriquecerse no es glorioso sino repugnante – Carlos Alberto Montaner

 

El gobierno cubano anunció una nueva Constitución. Se discutirá los días 21, 22 y 23 de julio. Nadie espera que el dócil Parlamento, compuesto por 605 asambleístas asombrosamente afinados, genere la menor disonancia. Leer Más

México contra el péndulo imaginario – Carlos Alberto Montaner

 

Este artículo no podrá ser publicado en México en estos días. Las elecciones son el domingo primero de julio y desde el jueves se ha declarado la veda. Leer Más

La globalización comienza por casa y es inútil tratar de impedirla – Carlos Alberto Montaner

 

Donald Trump rectificó. Magnífico. Fue tal la creciente avalancha de rechazo a su política de separar a los niños de sus padres cuando cruzaban irregularmente las fronteras, que se vio obligado a emitir un decreto presidencial permitiéndoles permanecer unidos. Eso demuestra que al menos tiene vestigios de sensatez o de oportunismo. (Da igual, lo importante es que es menos terco de lo que parecía). Leer Más

¿Cambiará España después del batacazo? – Carlos Alberto Montaner

Es posible que algo bueno salga de los crímenes y castigos habidos en España. Tal vez cambien de manera permanente las malsanas relaciones entre lo que antiguamente llamaban la clase dirigente y los políticos. Leer Más

Cómo se hacen las trampas electorales en Venezuela – Carlos Alberto Montaner

Hizo muy bien la oposición que optó por la abstención el 20 de mayo pasado. Era una locura otra vez dejarse arrastrar al matadero. Con ese CNE, con ese registro electoral y sin garantías de un juego limpio era imposible participar. No se podía colaborar ni un minuto más con esa inmundicia. Leer Más

Por qué triunfan los israelíes y fracasan los árabes – Carlos Alberto Montaner

 

Hay que celebrarlo. Todo comenzó en 1948, tras el visto bueno de Naciones Unidas. No hubo veto. Washington y Moscú le dieron su aprobación, algo inusual en aquel tenso momento de la Guerra Fría. El gobierno de Truman, votó por la solución de los dos Estados por la legítima presión del lobby judío interno. El de Stalin, porque la URSS veía con cierta simpatía la experiencia socialista, aunque democrática, que entonces se forjaba con las leyendas de los kibutz. Leer Más

La astucia de Daniel Ortega – Carlos Alberto Montaner

 

Carlos Alberto Montaner / Opinión en Infocifras

No he conocido personalmente a Daniel Ortega. A quien he tratado es a su hermano, el general Humberto Ortega, una persona más flexible y dialogante. Luego diré por qué.

Recuerdo como si fuera hoy a Violeta Chamorro, la noche de su toma de posesión en 1990. Había derrotado al sandinismo por un enorme porcentaje de votos ante la sorpresa de casi todos los poderes internacionales interesados en el asunto, incluida la CIA, que daban la causa por perdida.

Yo, en cambio, me guié por el juicio rotundo de D. Oscar Arias:

–Si algo sé de elecciones, Doña Violeta los arrasará en las urnas.

–¿Cómo está tan seguro, Presidente? –le pregunté.

–Porque he visto una discreta encuesta, muy bien hecha, de “Borge y asociados” y son muy serios –me respondió.

Ese dato, o esa información privilegiada, me permitió acertar en mi pronóstico periodístico. Pero la noche de marras, con la sencillez de una mujer de hogar absolutamente transparente, Doña Violeta me comentó:

–Rezá por mí, que Pablo Antonio [Cuadra] y yo vamos a hacer algo bien difícil.

–¿Qué es, Doña Violeta? –le pregunté, intrigado.

–Vamos a pedirle la renuncia a Humberto Ortega –me aclaró, preocupada.

Humberto Ortega era el jefe del ejército sandinista. A las dos horas Doña Violeta y Pablo Antonio volvieron cabizbajos. El general les dijo tres cosas: primero, tenía grandes presiones para que no reconociera el triunfo de la oposición; segundo, si él se veía obligado a acatar esa orden de la flamante presidente no podía evitar que esa noche sus subordinados salieran de los cuarteles a matar centenares de personas; y tercero –y ésta era la parte sustancial– que se comprometía a convertir al ejército sandinista en las fuerzas armadas de la República.

Nunca supe si las grandes presiones venían de Daniel Ortega y de Fidel Castro, pero lo daba por supuesto. El gobierno de George Bush (padre) no estaba dispuesto a intervenir en otro país centroamericano, dado que acababa de hacerlo en Panamá, y habría que confiar en la palabra del general Humberto Ortega, promesa que, efectivamente, cumplió. Poco a poco el ejército sandinista se fue profesionalizando y dejó de ser un instrumento sectario.

Hasta que Daniel Ortega en el 2007 regresó al poder tras pasar 17 años en la oposición generando toda clase de problemas. En ese periodo, tres gobiernos democráticos, a trancas y barrancas, pese a los errores y las deficiencias, reconstruyeron el tejido económico del país e instauraron las libertades: los de Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños.

Y si el antisandinismo no continuó en el poder fue por la lamentable división de los liberales entre José Rizo y Eduardo Montealegre. Atomizados en varios partidos, los antisandinistas alcanzaron casi el 65% de los votos, pero Daniel Ortega regresó al poder a bordo de una minoría, supuestamente renovado, místico, cuasi religioso, hablando de reconciliación, vestido de blanco y prometiendo que se alejaba de la etapa castrista de la década de los ochenta.

Era sólo una maniobra oportunista de alguien que tiene la astucia como su principio político más importante. Estábamos en la era de Chávez. El Socialismo del Siglo XXI no era dogmático, como cuando existía la URSS. Sólo exigía un discurso antiimperialista. Se podía gobernar a la derecha siempre que se señalara a la izquierda con el puño en alto.

Fue lo que hizo Daniel Ortega. Inventó una especie de somocismo con lenguaje revolucionario que complacía a los empresarios, a la embajada norteamericana, a muchos de sus partidarios y a Chávez, que le dio una gran cantidad de petrodólares para crear una red clientelar y comprar voluntades políticas para perpetuarse en el poder mediante una fraudulenta reforma constitucional.

Pero de pronto los estudiantes se rebelaron con la proverbial valentía nica y ya van por casi 40 muertos. La razón esgrimida fue un incremento excesivo de la fiscalidad de la Seguridad Social. La realidad es que a muchos de esos chavalos les asqueaba el despotismo autoritario de Daniel y Rosario Murillo, y no estaban dispuestos a continuar tolerándolo.

Tal vez la astucia proverbial de Daniel Ortega le dicte que lo mejor que puede hacer es renunciar, como le sugirió el diario La Prensa, y acaso dejar el poder en manos de un gobierno de concertación, o celebrar elecciones y no presentarse como candidatos ni él ni su esposa. Las insurgencias, y ésta es una de ellas, cobran vida propia. No tiene sentido empecinarse en mantenerse en un poder devaluado que exige continuar matando permanentemente.

Daniel Ortega tiene 73 años. Está enfermo. Ya ha sido presidente varias veces. En 1990, tal vez aconsejado por su hermano, aceptó la derrota y le ahorró a Nicaragua otro baño de sangre. Ser un Somoza de izquierda no lo obliga a repetir los errores del Somoza de derecha, Tachito, que en 1979 no entendió que lo mejor era retirarse a tiempo discretamente y terminó asesinado. Tal vez no era suficientemente astuto.

@CarlosAMontaner. El último libro de CAM es una revisión de Las raíces torcidas de América Latina, publicada por Planeta y accesible en papel o digital por Amazon.

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La tarea imposible de Miguel Díaz-Canel – Carlos Alberto Montaner

 

LA GLOBALIZACIÓN DE LA LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN – Carlos Alberto Montaner

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Una de las consecuencias imprevistas de la globalización es la lucha contra la corrupción. No sé si Lula da Silva se da cuenta, y ni siquiera sé si le interesa percatarse de que sus actuales pesadillas brasileñas se originaron en un orfanato público milanés, en Italia, en 1992, cuando Mario Chiesa, el gerente, le cobró una pequeña coima de unos 20,000 dólares a la empresa de limpieza que tenía la contrata de la institución.

Era la novena vez que el pobre hombre tenía que pagar. La justificación de Chiesa, seguramente cierta, es que tenía que distribuir la plata con sus jefes. El contratista estaba “alambrado” por la policía. Cansado de pagar sobornos, había hecho la denuncia y tenía micrófonos. Un fiscal que no le temía al gobierno, Antonio Di Pietro, comenzó a tirar de la cuerda y descubrió lo que todos los italianos sabían de una manera imprecisa: que el país era una sentina. Estaba podrido de la cabeza a los pies.

La “Operación Manos limpias”, montada por Di Pietro se saldó con la total destrucción del andamiaje político construido tras la Segunda Guerra mundial, 1233 condenados a cárcel, 429 acusados absueltos y unos 30 suicidios de corruptos y no-tan-corruptos, desesperados porque sus nombres habían sido maltratados por la prensa que se apresuró, como siempre sucede, a rematar a los heridos dándoles muerte civil con un telediario o un editorial apuntándoles a la nuca.

La refriega terminó, parcialmente, cuando Silvio Berlusconi, condenado a 7 años, pero absuelto en la apelación, tuvo la desfachatez de eliminar mediante un decreto la pena de cárcel para los delitos de fraude y soborno, típicos de la madeja criminal desentrañada por Di Pietro en lo que la prensa llamó Tangentópolis: la ciudad del soborno. (Tangente es la elegante palabra italiana para llamar a esos ingresos ilegales).

Ahora Lula da Silva y casi toda la estructura política, a la izquierda y derecha del espectro político, se enfrentan al fiscal Sergio Moro, en una trama que compromete al gran empresariado brasileño, especialmente a Odebrecht, en la mayor fuente de corrupción del país: Petrobrás, como revela la magnífica serie El mecanismo divulgada por Netflix.

Como en el caso italiano, la corrupción brasileña (y la mexicana, y la de casi toda América Latina) permea a la sociedad y se ha convertido en una forma cotidiana de vivir. Los funcionarios y políticos más importantes asignan las grandes licitaciones a las mayores empresas por un enorme sobreprecio que se reparten, sabedores de que los ciudadanos pagarán por ellas sin protestar demasiado porque muchos se aprovecharán de cobrar sus coimas por otros negocios ilegales.

Esa actitud es la que está llegando a su fin en todas partes como consecuencia de la globalización de la lucha contra la corrupción. Un fenómeno que se concreta en la imitación de conductas heroicas sostenidas por figuras valientes del poder judicial que se atreven a juzgar a personajes poderosos, como acaeció en Italia y hoy sucede en España, Brasil, Argentina o, incluso África, donde, José Filomeno dos Santos, el hijo del exdictador angolano Eduardo dos Santos (1979-2017), ha sido acusado de robarse 500 millones de dólares pertenecientes al tesoro público.

En rigor, es muy conveniente que termine la impunidad. No es una casualidad que los países más desarrollados y prósperos del mundo sean, fundamentalmente, los más honrados, o, al menos, aquellos en los que no existe impunidad. ¿Cuál es la relación? Al margen de la indignidad que conllevan estos comportamientos desmoralizantes, hay al menos cinco argumentos clave para combatir la corrupción:

  • Primero, los sobreprecios encarecen tremendamente los bienes y servicios.
  • Segundo, la economía de mercado fundada en la propiedad privada, descansa en la competencia abierta en precio y calidad.
  • Tercero, la productividad –hacer cada vez más con menos recursos- depende de la competencia. Sin un aumento gradual de la productividad no existen el progreso ni la prosperidad.
  • Cuarto, ¿para que se esforzarían los emprendedores si lo único importante es la coima y las relaciones para hacer negocios sucios?
  • Quinto, ¿cómo quejarse del desprecio de la sociedad hacia los gobiernos en donde los polí<ticos y los funcionarios roban a mansalva?

Los Estados de Derecho, desde fines del siglo XVIII, han sido montados sobre la premisa de que la soberanía descansa en los ciudadanos, y todos son iguales ante la ley. Un gobernante no puede enriquecerse ilegalmente y exigir que otro no trafique con drogas. Las leyes hay que cumplirlas todas o atenerse a las consecuencias.

En realidad, no es algo nuevo. La globalización no es sólo una cuestión comercial. La corbata, las computadoras, las modas literarias, casi todo, nos van conquistando poco a poco. Ahora le tocó el turno a la corrupción. Es bueno que los gobiernos latinoamericanos adviertan que no es un fenómeno pasajero o muchos políticos y empresarios acabarán presos.

Qué viene en Cuba después de los Castro – Carlos Alberto Montaner

El jueves 19 de abril Raúl Castro deja a Miguel Díaz-Canel la presidencia del Consejo de Estado. Cuba, formalmente, posee un gobierno designado por el Parlamento. En realidad es una dictadura familiar, pero el presidente es legalmente elegido por una cúpula (el Consejo de Estado), aparentemente segregada por la Asamblea Nacional del Poder Popular, en la que todo (supuestamente) está atado y bien atado. Cierta oposición trató de postular a algunos candidatos, pero le fue imposible. No permitieron ni siquiera a uno. Con la tiranía no se juega.

Díaz-Canel (D-C) tiene 57 años, es ingeniero electrónico de profesión y llega a la presidencia por recomendación de José Ramón Machado Ventura, un médico de la total confianza de Raúl Castro, que durante muchos años estuvo a cargo del Partido Comunista. En esa nada artificial división entre fidelistas y raulistas, D-C es un raulista, seleccionado, en primer lugar, por sus características: es un apparatchik discreto, pragmático, y nada dado a las innovaciones, rasgo muy perseguido por los inquisidores en todas las épocas.

Hace pocos meses la Seguridad del Estado puso en circulación un video, supuestamente filtrado, en el que D-C comparecía recitando un catecismo colectivista absolutamente conservador, concebido para tres fines: comprometer al heredero con esas posiciones reaccionarias, tranquilizar directamente al pequeño grupo de estalinistas que rodea a Raúl, y rebajar las múltiples expectativas reformistas de la sociedad cubana para que nadie se entusiasme con el cambio. La fórmula gatopardiana mantiene toda su vigencia en Cuba: propiciar un cambio para que todo siga igual.

¿Qué pretende Raúl Castro con el no-cambio? Pretende viabilizar la inevitable llegada al poder de una nueva generación, nacida después del triunfo de la revolución (D-C es un “chiquillo” de 57 años), pero a condición de que no modifique nada sustancial del régimen creado por su hermano Fidel y un puñado de secuaces. Como todos los dictadores, Raúl quisiera que el tiempo se detuviera en el momento en el que ellos se entronizaron en la historia. Simultáneamente, trata de generar en los suyos, en su familia, en sus amigos, una cierta seguridad de que el destino será benévolo con ellos cuando él no esté para garantizarlo. Al fin y al cabo muy pronto cumplirá 87 años.

¿Es eso posible? Por supuesto que no. Están dadas todas las condiciones para que se produzca un cambio de régimen. En primer lugar, la sensación de fracaso es generalizada. La improductividad del sistema es terrible. Ninguno de los baremos con que se mide la calidad mínima de vida resiste el menor análisis: vivienda, electricidad, transporte, alimentación, agua potable, vestimentas. Cuba ha involucionado en casi todos los aspectos de la convivencia. A lo que se agrega el miedo pertinaz, la falta de derechos y la desagradable necesidad de mentir que tienen todos los cubanos para sobrevivir en una sociedad totalitaria. Ni material ni emocionalmente es grato vivir en Cuba. Por eso los jóvenes sueñan con escapar.

¿Cuándo comenzará el cambio de régimen? El primer paso es la asunción de D-C. Aunque jure y perjure que será leal al legado de los Castro, y aunque se lo crea, el entorno administrativo del país y el conjunto de la sociedad quisieran una transformación radical cuanto antes. ¿En qué consiste? Esencialmente, en liberar las fuerzas productivas de la nación, en desatarles las manos a los emprendedores para que creen y acumulen riqueza, inviertan y sean poderosos, aunque termine la empobrecedora superstición del igualitarismo.

La idea de un núcleo económico central, manejado por el Estado y administrado por los militares, en el que existen unas 2,500 empresas generadoras de divisas, carece de espontaneidad, flexibilidad y es un camino seguro al desastre y a las mentiras contables, como se ha demostrado en las auditorías. El modelo de los “lineamientos” castristas no funciona. La idea de un sector privado de cuentapropistas dedicado a servirle al Estado como tributario, como colocador de empleados supernumerarios y contribuyentes al fisco, es una total imbecilidad.

Después de 60 años de disparates los cubanos saben que no hay sustituto para el mercado, la libertad económica y la propiedad privada. Como saben que el único régimen, pese a sus imperfecciones, que puede garantizar la transmisión organizada de la autoridad, y que puede purgarse y transformarse sin violencia, es el Estado de Derecho salido de la Ilustración, ya sea como república o como monarquía parlamentaria. Por ahí irán los tiros. Aunque D-C se oponga. Por ahí va la historia.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

La traumática salida de PPK – Carlos Alberto Montaner

El Comercio de Lima titula sabiamente su editorial sobre la renuncia del Presidente del país: “Historia sin héroes”. Así es. No hay una pizca de grandeza. La tragedia se convirtió en farsa.

Pedro Pablo Kuczynski (PPK para impedir esa tortura ortográfica) renunció el 21 de marzo antes de que lo sacaran del poder. El 22, como advirtió Alan García, el congreso habría votado la vacancia, algo parecido al impeachment. Perú es un país muy bronco y él era un presidente muy débil con una mínima presencia en el Parlamento.

La crisis era inevitable. Estuvo 20 meses en la presidencia, estaba a escasas semanas de cumplir los 80 años de edad, y, en realidad, PPK no se parecía mucho al país. Hijo de un médico judío alemán que se le escapó al nazismo y de una acomodada burguesa suizo-francesa de apellido Godard que se le escapó a las películas de su sobrino Jean-Luc, uno de los genios del cine francés de los sesenta.

La familia de PPK es tan atípica que si uno hurga brevemente en las hemerotecas descubre un artículo en El País escrito por Luis Esteban Manrique, en el que encuentra espías importantes al servicio de la URSS, y confirma que PPK estudió en Inglaterra y en Princeton, que está casado en segundas nupcias con una gringa, Nancy Lange, prima de la famosa actriz Jessica Lange, y trabajó en el Banco Mundial antes de crear su propia firma de banquero de inversiones.

PPK fue triturado por su propia falta de principios y por la familia Fujimori, protagonista de una tragedia japonesa dirigida por Akira Kurosawa, mucho más imponente que las griegas.

Hace varios meses Keiko Fujimori le tenía preparada una encerrona parlamentaria a PPK, pese a no ser ella miembro del cuerpo legislativo. Pero se interpuso su hermano Kenji, congresista con fama de brutote, pese a no serlo, quien consiguió una decena de congresistas de la bancada fujimorista que se negaran a destituir a PPK, con lo cual desaparecía la mayoría.

Keiko perdió la partida… en ese momento. A los tres días de su victoria, PPK firmó un decreto de indulto y Alberto Fujimori salió libre. No hay quien crea que no se trataba de un quid pro quo. PPK lo sacó de la cárcel a cambio de prolongar su vida política. Una especie de Fausto del tercer mundo que respondía a la idea de que la primera regla de quien ostenta el poder es mantenerlo, aunque sea a costa de vender su alma al diablo.

En esta oportunidad volvió a suceder, y trató de utilizar los mismos resortes para evadirse del cerco, pero no le salió bien. Como sucedió con Montesinos, hay pruebas fílmicas del intento de compra a los parlamentarios. Keiko, finalmente, pudo hundir a PPK y vengarse de Kenji, ahora sí de una manera definitiva, pero al costo de afectar los cimientos institucionales del país.

La pregunta clave no es qué hará PPK en el futuro, sino que pasará con el fujimorismo, ahora que el ingeniero está libre y su fuerza política escindida entre sus dos hijos, Keiko y Kenji. Hasta hoy las elecciones peruanas se definían contra la izquierda populista o contra el fujimorismo. Así salieron electos Alejandro Toledo, Alan García, Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczynski. Pero las próximas elecciones pueden ser diferentes.

En la década de los ochenta del siglo XX el politólogo español Juan José Linz, profesor en Yale, escribió un ensayo sobre la fragilidad del sistema presidencialista y su incapacidad para encajar las crisis, frente a la fortaleza que mostraban las naciones que habían adoptado el modelo (aproximadamente) británico. El Caribe insular colonizado por los ingleses, incluso la Guyana continental, aunque no fuera un ejemplo de desarrollo económico, al menos tenía una tradición de gobiernos civilistas y de respeto a las libertades.

De lo que no puede existir la menor duda es que un sistema parlamentario habría salido de un Primer Ministro incómodo sin tantos aspavientos. O acaso los peruanos deben recurrir a un mecanismo electoral como el griego, que dota a los jefes de gobierno de un número importante de congresistas, de manera que el presidente no quede desprotegido ante el parlamento. Lo que no es conveniente es colocarlos en el foso de los leones porque se ha comprobado que se los comen.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

Zafarrancho de combate en la Cumbre de Lima – Carlos Alberto Montaner

La Cumbre de Lima será para alquilar balcones. Por lo pronto, la cancillería peruana deberá tener una buena explicación a una pregunta clave que se hacen todos los periodistas y los míticos “observadores”: ¿por qué se le niega el acceso a Perú al dictador Maduro (lo que está muy bien), pero se le expide una invitación al dictador Raúl Castro (lo que está muy mal)? Es lógico que se excluya al criado en virtud de los acuerdos de otras Cumbres, pero también habría que hacer lo mismo con el amo.

Donald Trump llegará a Lima a mediados de abril acompañado por su flamante canciller Mike Pompeo, un brillante italo-americano. Acaba de desembarazarse de Rex Tillerson. Lo despidió mediante un tuit artero y rápido. En la sección de sátira de The New Yorker se imaginan que el virtual ex Secretario de Estado –formalmente estará en el cargo hasta fines de marzo-, lanzó una maldición contra el Presidente cuando lo supo. Supuestamente declaró que espera que una madrugada Trump descubra que lo han destituido mediante otro tuit veloz e igualmente traicionero. Si non e vero e ben trovato.

Era evidente que los dos personajes no se llevaban bien. En algún momento Tillerson declaró que Trump era un idiota, y el Presidente le respondió retándolo a contrastar los respectivos índices de inteligencia. La ridícula competencia no se llevó a cabo, pero hubiera confirmado que los dos son personas con elevados IQ. Ningún cretino llega a presidir los Estados Unidos o la Exxon-Mobil, una de las mayores empresas de la nación.

Tillerson, un ingeniero civil, llegó a la compañía en 1975 y fue escalando hasta llegar a dirigirla. Eso no es nada fácil en un sistema en el que se suele ascender en zigzag. Cuando se retiró en el 2016 lo premiaron con 180 millones de dólares. No es cuestión de inteligencia. Por ahí no van los tiros. Las deficiencias no son de neuronas sino de carácter, conocimientos, experiencias, propósitos y visiones.

En todo caso, Pompeo es una selección más adecuada para el cargo de Secretario de Estado. Ha hecho muchas cosas y todas las ha hecho razonablemente bien, lo que no quiere decir que será aprobado por el senado sin dificultades. Ha sido capitán del ejército en una sociedad que respeta a sus militares. Ahí estuvo entre 1986 y 1991, los años clave de Gorbachov y del hundimiento de la URSS y del cinturón de satélites comunistas que la rodeaba.

Se graduó de West Point al frente de su promoción, donde se licenció como ingeniero mecánico. Peleó en la Guerra del Golfo. Obtuvo un doctorado en leyes de Harvard, tiene experiencia empresarial y llegó al congreso federal representando un distrito de Kansas. Una vez en esa posición se vinculó al grupo conservador llamado Tea Party hasta que la Casa Blanca lo designó como Director de la CIA. Estuvo diez meses en ese cargo.

Consecuentemente, Pompeo tiene una visión ideológica de los conflictos que enfrenta Estados Unidos. Cree saber cuáles son los valores y las posiciones que al país le interesa defender. No está con Dios y con el diablo. Por eso le parece que el acuerdo con Irán es catastrófico, dado que la teocracia de los ayatolas, si no la detienen, no tardará en poseer armas nucleares, con lo cual aumentará exponencialmente el riesgo de guerra en la región porque Teherán ha manifestado su deseo de destruir al Estado de Israel.

Tampoco se succiona el pulgar en los asuntos latinoamericanos. Como dirigió la CIA, sabe que Cuba no atraviesa un proceso de trasformación, según creía Obama ingenuamente, sino de ratificación del estalinismo. Lo demostró, otra vez en las últimas “elecciones”, con un solo partido y una sola voz, como denunció Rosa María Payá, la hija del líder opositor asesinado.

Pompeo, dicen quienes lo conocen, también está persuadido de que la Venezuela de Maduro no es sólo una molestia, sino se trata de un verdadero peligro para la estabilidad de la zona. Un estado forajido manejado desde La Habana, dedicado al narcotráfico con los militares del Cartel del Sol, y a auxiliar al terrorismo islamista de la mano de Tareck El Aissami, vicepresidente de Venezuela, acusado de corrupto y de lavado de dinero en beneficio de sus cómplices de Hezbollá, a quienes les habría entregado miles de documentos falsos, como si fueran oriundos de Venezuela, para franquearles el paso internacional.

El problema, pues, no es de diagnóstico, sino de terapia. ¿Qué se hace frente a estos estados malhechores? Lo veremos en Lima a mediados de abril.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

El peligroso proteccionismo de Donald Trump – Carlos Alberto Montaner

Había advertido que lo haría. Donald Trump ha desatado una guerra comercial. Es un mercantilista confeso. Estamos sólo en la segunda escaramuza. La primera fue renunciar insensiblemente al Acuerdo Transpacífico. Esta vez les ha fijado altos aranceles a la importación de acero (25%) y de aluminio (10%). Luego se ha jactado de que ganará la contienda. Probablemente tiene razón: triunfará. Europa depende más de las exportaciones que Estados Unidos. Sólo que Europa es una aliada y carece de sentido tratarla de esa manera. Será una victoria pírrica. Provocará represalias que todos acabaremos pagando.

Herbert Hoover, un presidente republicano que antes de llegar a la Casa Blanca fue un gran funcionario público, también ganó la guerra comercial que generó la ley Smoot-Hawley de 1930. En ese año, cumpliendo una promesa de campaña de 1928, lo que desmiente la tesis de que fue una consecuencia del crack del 29, esa terrible crisis comenzada un jueves negro que tardaría más de una década en blanquearse, Estados Unidos aumentó los aranceles a miles de productos agrícolas importados desde el extranjero.

Fue el acabose. Esa victoria proteccionista exacerbó el nacionalismo europeo, redujo en un 65% las transacciones comerciales internacionales, agravó la Gran Depresión, contribuyó a la victoria de Franklin Delano Roosevelt (los demócratas estuvieron 20 años consecutivos en el poder, de 1933 a 1953), y acercó más el horrendo desenlace de la Segunda Guerra mundial con sus 60 millones de cadáveres, la destrucción de la judería europea (la mayor concentración de talento de la historia), y medio planeta convertido en escombros por los bombardeos inmisericordes de tirios y troyanos.

Tanto en Trump como en Hoover el error tenía un mismo origen: no entender el significado de la balanza comercial. O utilizarlo demagógicamente para complacer a los clientes políticos y perjudicar al resto. O comprenderlo muy mal, como siempre han hecho los mercantilistas, permanentemente vigilantes de cuánto les compramos o vendemos a los otros países, sin comprender que el dato resultante con frecuencia no significa mucho a la hora de pasar balance.

Es verdad, por ejemplo, que China le vende mucho más a USA que viceversa. ¿Y qué? Los norteamericanos disfrutan de productos mucho más baratos e invierten la diferencia de precios en nuevas empresas, en salarios, en ventajas para la sociedad. Además, con parte de sus ganancias los chinos adquieren bonos del tesoro norteamericano, lo que sería algo así como intercambiar cosas, objetos tangibles que han costado millones de horas de trabajo, por papeles por los que reciben un modesto interés, pero cuentan con el respaldo de un gran país cuyas instituciones funcionan con seriedad y las promesas de pago se cumplen religiosamente.

El 90% de las transacciones internacionales se realizan en dólares. El 70% de los países mantienen sus reservas en dólares o en bonos del tesoro americano. ¿Qué más quiere Trump? Durante los 42 años consecutivos en los que la balanza comercial de Estados Unidos ha sido negativa, la economía nacional ha crecido exponencialmente, ha logrado casi el pleno empleo, y hoy alcanza los 18 billones de dólares (trillones en inglés), pero eso ha sido posible, entre otras razones, gracias a un déficit comercial de 800 mil millones de dólares (algo más 4% del PIB) que no pueden considerarse pérdidas y regresan a las arcas del país de diversas maneras.

En cambio, entre el año 2001 y hoy, Venezuela ha vivido una etapa de balanza comercial muy positiva, que sirvió para enriquecer a Alí Babá y a sus 40,000 ladrones. No obstante, no es el único país que exporta más de lo que importa: Angola, Brasil, República Democrática del Congo, Guinea Ecuatorial o Mongolia también lo consiguen, como casi todos los años ocurría con la Cuba prerrevolucionaria, sin que ese indicador significara gran cosa.

Parecía que el conflicto entre librecambistas y mercantilistas se había resuelto desde que en 1776 Adam Smith publicó su Indagación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones, pero no es cierto. El juicio tosco de los mercantilistas revive cada cierto tiempo y le hace un gran daño a la sociedad, empobrece a los pueblos y, aún sin proponérselo, fomenta la discordia y la guerra. Por eso 107 congresistas republicanos le escribieron una carta a Donald Trump rogándole que no impusiera los aranceles al acero y al aluminio. Se daban cuenta que no tenía el menor sentido reñir esa guerra y, mucho menos, ganarla.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

¿Y Venezuela qué? – Carlos Alberto Montaner

Nicolás Maduro perdió la batalla de la OEA. Ya no es sólo Luis Almagro, el Secretario General de la institución, quien exige la suspensión de los comicios fraudulentos pautados para abril por la dictadura de Maduro, ahora postergados hasta mayo. Esta vez lo acompañaron en la petición 19 países directamente, 8 indirectamente (los que se abstuvieron), más los 2 que no acudieron.

Objetivamente, las abstenciones y las ausencias funcionaban a favor de la moción de los 19 acaudillada por Jorge Lomónaco, el embajador de México en la OEA. Entre las abstenciones estaban Ecuador, Nicaragua y El Salvador, tres países que figuraban como parte del circuito del Socialismo del Siglo XXI, una red de naciones que repetían las consignas chavistas dirigidas por Caracas y La Habana. Giro que demuestra el fin sin gloria de esa alianza como consecuencia de la debacle venezolana y la decrepitud de una revolución cubana que pronto cumplirá 60 años “hasta el fracaso siempre, Comandante”.

Votaron ardorosamente en contra, la propia Venezuela, la Bolivia de Evo Morales, quien prepara su fraude electoral en el 2019 contra la voluntad del país, reflejada en un inútil referéndum y en una inservible Constitución, dos islotes caribeños estomacalmente agradecidos (Dominica y San Vicente & Granadinas), más Suriname, una excolonia holandesa cuyo presidente, Desiré Bouterse, padre y maestro de Nicolás Maduro, un viejo militar golpista, es acusado y reclamado por las autoridades de Holanda por tráfico de drogas y el asesinato de opositores.

Ante esa derrota diplomática el régimen de Maduro no se arredró. Sacó pecho, invocó gallardamente la soberanía, acusó de traidores a los gobiernos latinoamericanos plegados a la CIA, y continuó aferrado a la fecha elegida para perpetrar el fraudeaunque ahora la ha pospuesto un mes. Sencillamente, Maduro y su camarilla no van a entregar el poder. Tienen entre un 10 y un 12% de apoyo popular, pero esa exigua cifra incluye a narcomilitares, narcopolicías y a los narcomatones de las pandillas armadas, suficiente gente de rompe y rasga para mantener el control sobre una sociedad que muere de hambre y de enfermedades curables, o huye hacia las fronteras desesperada.

¿Cuál es el próximo paso? La cita es en Lima, el 13 y 14 de abril, con motivo de la Cumbre de las Américas. Muy probablemente las naciones ahí reunidas le reiteren sus críticas a Venezuela, pese a que Maduro ha sido excluido basándose en una resolución aprobada en Quebec en el 2001 que eliminaba del cónclave a los gobiernos dictatoriales. No obstante, los regímenes venezolano y cubano movilizarán a sus partidarios para aguarles la fiesta a las naciones democráticas. Habrá manifestaciones teledirigidas, disfrazadas de reclamos espontáneos, en las que no faltarán los pueblos indígenas o los fotogénicos “verdes”.

Y después, ¿qué viene? No creo que mucho. Un rasgo fatal de las democracias latinoamericanas es la falta de una política exterior con garra. Sólo existió, muy parcialmente, a mediados del siglo pasado, con la Legión del Caribe creada por José Figueres de Costa Rica, Juan José Arévalo de Guatemala, Ramón Grau-Carlos Prío de Cuba y, en menor grado, Rómulo Betancourt de Venezuela, encaminada a luchar contra los espadones de derecha, pero se empantanó tras el esfuerzo de liquidar al dominicano Rafael L. Trujillo desde Cuba, abortado por presiones norteamericanas en 1947.

Estados Unidos, naturalmente, continuará señalando malversadores y narcotraficantes venezolanos, impondrá sanciones económicas contra el régimen de Maduro, y es probable que otros países latinoamericanos y de la Unión Europea hagan lo mismo al discreto reclamo de Washington, pero esas medidas serán eficaces en privar de recursos a Venezuela, mas no servirán para desalojar del poder al dictador y a sus 40 (mil) ladrones, como se demuestra en Corea del Norte y Cuba.

Ese objetivo requeriría la voluntad de utilizar la fuerza –como ha hecho Cuba sistemáticamente–, o como hizo Estados Unidos durante varios episodios de la Guerra Fría, pero entonces existía el incentivo de evitar que la URSS continuara expandiéndose. Hoy, y desde Bill Clinton, prevalece la actitud de arruinar totalmente a los países enemigos, a la espera de que el golpe final se produzca internamente, o que esas naciones evolucionen voluntariamente hacia un cambio de régimen.

A mediados de la década de los 90, cuando Cuba, otra vez, perpetró una nueva agresión demográfica contra Estados Unidos y decenas de miles de balseros fueron lanzados al Estrecho de Florida, recuerdo que le pregunté a un importante político norteamericano por qué no respondían militarmente, en un momento en el que incluso Rusia estaba dispuesta a ayudar. Me dijo: “Cuba ya no es un peligro. Es una molestia. Es un país podrido cuyo gobierno caerá solo”. De eso hace un cuarto de siglo. Me temo que con Venezuela ocurrirá lo mismo.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

 

Para vivir, con un pedazo basta – Carlos Alberto Montaner

Hay primarias en Colombia. Son primarias abiertas. Pueden votar todos por cualquiera. Eso no está bien. Se presta a la trampa. Quiere decir que los electores con mala fe pueden elegir al candidato que sería más fácil derrotar en los comicios finales. Aparentemente, ya ha sucedido antes.

El centro derecha elegirá entre tres candidatos: Iván Duque, Marta Lucía Ramírez y Alejandro Ordóñez. La izquierda lo hará entre un exguerrillero, Gustavo Petro, y el alcalde de Santa Marta, Carlos Caicedo. Ambos se dicen progresistas, pero están cerca de la visión chavista, el país latinoamericano que menos progresa, y el único que involuciona rápidamente hacia niveles africanos.

Hay otros candidatos. Tantos, que llamo a Bogotá a mi amigo Plinio Apuleyo Mendoza para que me oriente. Plinio es el mejor memorialista en lengua española. Es un notable novelista y ensayista, y columnista habitual y muy respetado de El Tiempo, pero en lo que se lleva la palma es en contar sus recuerdos. El que quiera confirmar esta rotunda aseveración lo invito a que lea La llama y el hielo y El olor de la guayaba. Son dos libros insuperables dentro de un género muy difícil.

Recibo una mala noticia de la boca de Plinio. (Me la había anticipado Álvaro Vargas Llosa). Ha sufrido un ictus que le paralizó la parte derecha del cuerpo. Era el segundo que lo visitaba en pocos meses. Me lo cuenta sin emplear un tono dramático. Nació en 1932. Pronto tendrá 86 años. Es la edad, me dice risueño, de “comenzar a colgar los tenis”, titular que leyó hace muchos años en un diario de México y que le hizo mucha gracia.

La buena noticia es que tiene el cerebro intacto. Plinio, con la mano izquierda, estaba escribiendo una columna sobre el tenso momento político colombiano. Me conmovieron sus palabras. Oyéndolo, recordé un poema tremendo de Miguel Hernández, “El tren de los heridos”, escrito a propósito de la Guerra Civil española. Dos versos retratan a Plinio plenamente: “Para vivir, con un pedazo basta/ en un rincón de carne cabe un hombre”. Plinio será Plinio hasta el último aliento de su muy fructífera vida.

Colombia se juega mucho en las elecciones presidenciales del 27 de mayo. Si ninguno de los candidatos, como se anticipa, obtiene más del 50% de los votos, los electores volverán a las urnas el 17 de junio para una segunda vuelta. Tendrán que escoger entre los dos que más votos obtengan. Afortunadamente, “Timochenko” y Piedad Córdoba, la señora del turbante a lo Mandrake, quien lanzó su candidatura en Santiago de Cuba ante la tumba de Fidel Castro, invocando su protección, serán repudiados minuciosamente por los electores. Según las encuestas, no los quieren.

Es probable que el duelo final será entre el candidato del centro derecha y Gustavo Petro. Y de los tres candidatos de centro derecha a las primarias de marzo, a juzgar por las encuestas, dos tienen más oportunidades: los abogados Iván Duque, el joven senador preferido por Álvaro Uribe, elocuente y con garra, y Marta Lucía Ramírez, hoy líder del Partido Conservador, preferida por Andrés Pastrana, exministra en el gabinete de Uribe, y persona con una notable experiencia en la administración pública y una envidiable fama de honorabilidad. Lo que se rumora en Colombia es que quien salga segundo en esas primarias irá a los comicios como vicepresidente de quien salga primero. Es una buena fórmula y una magnífica muestra de cordialidad cívica entre opositores circunstanciales.

Se espera que gane el candidato de centro derecha. Colombia tiene demasiados problemas para agregarle el vendaval de una victoria chavista. El país, por lo menos, tiene que detener la corrupción, incluida la “mermelada” que dan y reciben los políticos, derrotar a las narcoguerrillas del ELN, erradicar la cocaína, aumentar la producción petrolera, incorporar a la marea de exiliados venezolanos, reducir el desbocado gasto público y adecentar los procesos electorales. Nada de eso está en la agenda chavista. El chavismo de Petro es parte del problema, no de la solución.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

¿Es la corrupción una amenaza a la seguridad internacional? – Carlos Alberto Montaner

Así parece. Cada día que pasa se incrementa la lista de los cleptócratas venezolanos señalados como indeseables por Estados Unidos y la Unión Europea. No es sólo una cuestión de hostilidad política. Existe una reacción internacional contra la corrupción. Washington y Bruselas se la han tomado en serio. No es un fenómeno coyuntural. Es una práctica que continuará y se expandirá hasta que todas las naciones la interioricen.

Numerosos políticos, a lo largo y ancho del planeta, no entienden que se está terminando la etapa de la impunidad con los delitos relacionados con la corrupción en el ámbito público. Durante milenios, la norma era que quien ostentaba la jefatura del Estado se repartía la mayor parte de las rentas con los poderosos. El monarca y su camarilla enriquecían a los cortesanos y estos los sostenían en sus cargos. Los nobles ni siquiera pagaban impuestos, pero tenían entre sus obligaciones apoyar al rey en sus aventuras militares.

Así sigue ocurriendo en las dos terceras partes del mundo. En ese universo corrupto existe una alianza secreta entre el poder político y el económico. Incluso, en las naciones en las que tal cosa no se permite, se acepta que las empresas sobornen a los funcionarios y políticos de países en los que se practica la corrupción. En Alemania, hasta hace pocos años, era legal pagar “comisiones” en el extranjero a quienes decidían las licitaciones.

En España, donde el bipartidismo está a punto de colapsar debido a la corrupción de populares y socialistas, se supo que los Bancos BBVA y Santander financiaron ilegalmente la elección de Hugo Chávez en 1998 con un millón de dólares cada entidad. Adquirían (inútilmente) protección, como se había hecho siempre en la etapa democrática de Venezuela. Sólo que en esa oportunidad “era comprar soga para su pescuezo”.

Me dijo, preocupado, un empresario español de una multinacional: “vaya usted a hacer negocios a América Latina, África, Asia y al mundo árabe sin ofrecer sobornos. No se come ni una rosca”. Incluso, eso era lo que sucedía en la propia España hasta hace pocas décadas, cuando ni siquiera estaba tipificado el delito de “tráfico de influencias” y la transición a la democracia se financió ilegalmente alimentando a los partidos políticos al margen de las leyes.

Pero como todo evoluciona, incluidos los hábitos y costumbres, los políticos estadounidenses han globalizado la influencia adecentadora con su “Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero” (Foreign Corrupt Practice Act). La empresa norteamericana que actúa en el exterior tiene que atenerse a ella, y cuando no lo hace, como sucedió con IBM en Argentina, debe pagar las consecuencias.

Esto no quiere decir que los norteamericanos son más honrados que el resto de los mortales, sino que están obligados a cumplir las reglas porque viven en un Estado de Derecho notablemente punitivo que mantiene a tres millones de personas tras las rejas y con el calabozo no se juega. A lo que se agrega la labor de la DEA (Drug Enforcement Administration) que persigue el tráfico de estupefacientes, o la OFAC (Office of Foreign Assets Control), Oficina de Control de Activos, capaz de imponer enormes multas cuando se viola la legislación americana, como les ha sucedido a grandes bancos suizos y franceses.

En el gobierno de Estados Unidos se va abriendo paso la hipótesis de que no sólo el tráfico de drogas pone en peligro la seguridad nacional, como sucede con el terrorismo o la inmigración ilegal, sino también la corrupción que ocurre en otros países, por todo lo que tiene de desestabilizadora y por ser, potencialmente, capaz de desatar la violencia en los estados fallidos.

El influyente Carnegie Endowment for International Peace (CEIP) lo ha establecido en su informe Corruption: The Unrecognized Threat to International Security (Corrupción: la amenaza no advertida a la Seguridad Internacional). Ese trabajo aporta la visión que hoy impera en Washington y, en cierta medida, en Bruselas. Todo gobernante genuinamente preocupado debe dárselo a leer a su canciller. Por ahí van los tiros.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

El comunismo y la falacia haitiana – Carlos Alberto Montaner

¿Por qué las personas no escarmientan en cabeza ajena? El comunismo provocó más de cien millones de muertos e incontables miserias a lo largo del siglo XX, pero cinco millones de españoles votaron por PODEMOS, una formación política leninista financiada en sus orígenes por el chavismo y por Irán, cuyos dirigentes apoyan a Maduro, a los Castro, y a cualquier manifestación antidemocrática que se les plantee en el parlamento español o en el europeo.

Federico Jiménez Losantos trata de buscar explicaciones a esta suicida terquedad en un libro formidable, Memoria del Comunismo: de Lenin a Podemos, un irrefutable tomo de 700 páginas publicado con éxito notable por “Esfera de los Libros” (nada menos que seis reimpresiones antes de la presentación formal de la obra).

El propio Fidel Castro brindó una pista segura para entender el error de suscribir la visión comunista. Ocurrió en los noventa, cuando el Comandante se negó varias veces a rectificar el rumbo empobrecedor y criminal de su gobierno tras la desaparición de los subsidios soviéticos. Entonces dijo y repitió varias veces: “Nos invitan a que cambiemos al sistema capitalista, pero no al de Suiza, sino al de Haití, que es el que sueñan con imponernos”.

Y, en efecto, en Haití, un país infinitamente pobre y mal gobernado, existe propiedad privada y, al menos formalmente, una estructura republicana dotada de una Constitución bellamente escrita (veinticuatro veces) en francés, pese a lo cual la nación es un miserable desastre que exhibe tres millones de transterrados (de un total de 10) por falta de oportunidades, casi todos radicados en República Dominicana, Estados Unidos y Canadá.

La primera falacia, origen de todos los disparates, deriva de la “Teoría de la Dependencia”, una estupidez conceptual a la que renunció hace muchos años Fernando Henrique Cardoso, uno de sus creadores.

Fidel Castro, el Paranoico en Jefe, suponía que existía un concierto de países capitalistas del Primer Mundo que les imponía un modelo económico y político subalterno a los del Tercero. No se enteró de cómo, entre otros, Corea del Sur, Irlanda, Israel, Taiwán o España, mientras inauguraban o preservaban las libertades, se habían convertido en sociedades relativamente prósperas en las que predominan los grupos sociales medios.

Fidel Castro ni siquiera sabía que la diminuta Suiza, en 1848, escarmentada tras la última revolución en la que participó, había optado inequívocamente por la paz, la neutralidad, la propiedad privada y el Estado de Derecho, transformándose paulatinamente de un país exportador de mercenarios a otro que exportaba maquinarias precisas y se limitaba a auxiliar a los heridos y a recoger los cadáveres de sus belicosos vecinos por medio de la Cruz Roja.

La segunda falacia es la de suponer que al Primer Mundo se llega por medio de una simple receta económica que implica la suspensión de la democracia para evitar el destino haitiano. No es cierto. La libertad es un valor en sí mismo y no tiene sentido orillarla en aras del desarrollo. Los países que han optado por una u otro han terminado, generalmente, pobres y esclavizados permanentemente.

La economía de mercado (el injustamente vilipendiado neoliberalismo), dotada de propiedad privada, es un requisito, pero se trata de un fenómeno mucho más complejo. Ahí comparecen el Estado de Derecho, la separación de poderes, la ausencia de privilegios e impunidades, la meritocracia, el gobierno limitado y compuesto de servidores públicos, no de mandamases, un sistema de estímulos que refuerce el ímpetu de los emprendedores y de los innovadores, junto a la voluntad de colocarse bajo el imperio de la ley que muestra la mayor parte de los ciudadanos.

Como se sabe, el éxito o el fracaso dependen del capital intangible, de los valores, creencias y actitudes del conjunto de los ciudadanos, como demostró el Banco Mundial es su estudio del año 2009 ¿Dónde está la riqueza de las naciones? No debe extrañarnos que ningún país latinoamericano se sitúe en la locomotora del planeta, si ni siquiera uno –incluyo a Chile, Argentina, Brasil o México– figura entre los primeros 50 del planeta en el terreno de las innovaciones, como no se cansa de advertir Andrés Oppenheimer, aunque todos admitamos que vivimos en la era de la información y la tecnología.

Y queda, por supuesto, el factor tiempo. Una sociedad puede decidir que quiere abandonar la miseria, y hacerlo en dos o tres generaciones, como los japoneses en 1867 o los israelíes poco antes de surgir como un Estado independiente en 1948, pero el desarrollo, al margen de los elementos señalados, implica crecimiento acumulado, educación generalizada, incorporación de las mujeres a la fuerza laboral y saber que Estados Unidos sólo ha crecido a algo más de un 2% anual, pero durante 230 años más o menos consecutivos.

El camino, pues, es largo y arduo, pero se conoce. Lo han transitado dos docenas de naciones. Ninguna, por cierto, era comunista.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió – Carlos Alberto Montaner

Donald Trump se equivoca cuando declara que su intención es hacer grande otra vez a Estados Unidos (Make America great again). ¿Cuándo el país ha estado mejor? Si el Presidente o alguien lo sabe, es preferible que nos saque de duda.

En los 30 fue la Gran Depresión causada por el desplome de la Bolsa. En los 40 ocurrió la Segunda Guerra, inmediatamente seguida por la Guerra Fría y la caída de China en las manos comunistas. En los apacibles 50, tras Corea y sus docenas de miles de norteamericanos muertos, comenzaron los sobresaltos en el Medio Oriente y las ominosas prácticas nacionales para enfrentar un ataque nuclear soviético.

Los 60 fueron los de las revueltas raciales, los de Vietnam y sus mentiras. En los 70 implosionó Nixon y al final de la década, en época de Carter, los intereses bancarios ascendieron al 20%, la economía sufría de stagflation, y parecía que el periodo de la democracia llegaba a su fin arrollada por el colectivismo soviético. Poco después, sin embargo, llegó Mijail Gorbachov, enterró a la URSS y el comunismo quedó rezagado a dos manicomios sin importancia real: Cuba y Norcorea. (En China y Vietnam hoy existe otro género de dictaduras alejado de las supersticiones marxistas).

En Estados Unidos las personas han aumentado su promedio de vida, como sucede en casi todo el mundo, las viviendas son mayores y están dotadas de toda clase de electrodomésticos (incluidas las de los grupos sociales más pobres), la comida abunda tanto y es tan barata que el gran problema del país no es el hambre sino la obesidad y el aumento progresivo de la diabetes.

Los pobres –aproximadamente el 15% de la población– lo son porque una familia de 4 personas recibe “sólo” unos 24,000 dólares anuales, más cupones de alimentos. Todos –pobres, clases medias y ricos– tienen acceso a electricidad, internet, agua potable, vestimentas, teléfonos celulares, escuelas, universidades estatales o privadas, protección policiaca, sistemas judiciales razonablemente eficientes y oportunidades de trabajar y abrirse paso.

Es verdad que en Estados Unidos hay problemas, pero eso ha sucedido siempre. Se trata de una sociedad punitiva en la que aproximadamente existen tres millones de personas encarceladas. La calidad de los estudiantes decrece mientras aumenta el costo de las matrículas. No existe un seguro de salud universal. Las medicinas son carísimas. Las drogas provocan estragos mortales (nunca mejor dicho). En algunas ciudades hay zonas de violencia extrema con altísimos índices de homicidio. No obstante, Estados Unidos sigue siendo un sitio fundamentalmente libre y lleno de oportunidades.

Eso explica que millones de seres humanos intenten establecerse en el país. No hay mejor índice de la calidad relativa de una sociedad que la presencia de los inmigrantes. Estados Unidos es un imán porque el sueño americano está vivo. Como lo fue Venezuela hasta la llegada del chavismo. Como lo fue Cuba hasta que Castro liquidó la ilusión de que se podía prosperar con el esfuerzo propio. Como lo fue Argentina hasta que el peronismo arruinó a esa gran nación con su mensaje populista entreverado de fascismo.

Es cierto que existen países en los que en algunos aspectos se vive mejor que en Estados Unidos (media Europa, incluida España, acaso en Israel o Japón), pero tal vez en ninguno los inmigrantes pueden desenvolverse como en este país, donde en las últimas elecciones dos senadores, hijos de inmigrantes, aspiraban a la presidencia: Ted Cruz y Marco Rubio.

En el siglo XV el poeta Jorge Manrique, conmovido por la muerte de su padre Rodrigo, escribió un gran poema con un verso neuróticamente equivocado: “cualquier[a] tiempo pasado fue mejor”. No es verdad. En aquellos casos, como Estados Unidos, en los que existe una continuidad institucional, pese a las contramarchas y las malas coyunturas, algunas naciones logran prosperar de manera progresiva.

Probablemente esa búsqueda obsesiva de una mítica época dorada que Trump repite en sus discursos tiene que ver con una característica de la personalidad conservadora. Los conservadores tienden a ser pesimistas. Invariablemente ven la copa medio vacía. Asocian el perfil de la sociedad a su propia biografía. Antes eran jóvenes y bellos. Hoy son viejos, arrugados y feos. Antes, creen, era mejor. No es verdad. Otro poeta, cantautor, Joaquín Sabina, lo ha dicho en una canción muy popular: “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Es lo que le ocurre a Donald Trump.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

Lula y la corrupción – Carlos Alberto Montaner

Muy poca gente en Brasil piensa que Lula es inocente. Menos gente aún cree que el poder judicial forma parte de un siniestro grupo de golpistas. Ésa es sólo la coartada para protestar por la “injusta” o “selectiva” persecución al caudillo metalúrgico. No obstante, todavía es menor el grupo de brasileños dispuesto a descartar a Lula por haberse beneficiado ilegalmente del poder. Esos son muy pocos.

Lula sigue siendo el político más popular del país. A la mayor parte de los brasileños, sencillamente, no les importa que Lula haya recibido un apartamento en usufructo de la empresa OAS por propiciar los negocios entre esta compañía y Petrobrás. Eso es peccata minuta. ¿Por qué Lula no podía vivir como todo un señor, se preguntan sus partidarios sotto voce?

Por la misma y corrompida regla de tres, a las enormes huestes justicialistas les trae sin cuidado que Perón, el matrimonio Kirchner o Carlos Menem hayan robado sin el menor pudor en Argentina. Algo que sucede en todos los países de América, con la excepción parcial de Chile, Uruguay y Costa Rica, donde apenas hay tolerancia con el peculado.

En Cuba, la Asamblea Nacional del Poder Popular (el Parlamento, conocido como los “Niños Cantores de La Habana” por su perfecto afinamiento coral durante medio siglo sin una nota discordante), le regaló a Fidel Castro un yate de lujo para que practicara la pesca submarina, junto al medio centenar de residencias oficiales que acumuló a lo largo de su prolongada vida, incluido un coto de caza como los que poseían los reyes medievales.

Lo que muchas personas esperaban de Lula no es que fuera honrado, sino que “hiciera cosas”, que disminuyera la pobreza, que repartiera bienes y asignara servicios a los desamparados. Como le tocó el periodo expansivo y vorazmente importador de la economía china, y como no rechazó las líneas maestras sociales trazadas por su predecesor Fernando Henrique Cardoso, pudo sacar de la miseria a treinta millones de sus compatriotas.

El ensayista argentino Juan Bautista Alberdi le atribuía a la tradición romana la propensión al peculado que mostraban los latinos. En Roma, suponía Alberdi, nunca se supo con precisión lo que era o no del César. Los cónsules y los emperadores mezclaban en sus augustas personas los bienes propios y los de la nación. (Por eso Alberdi proponía poblar a la Argentina con anglosajones y rechazaba a los hispano-latinos).

Recuerdo la historia de la líder socialdemócrata sueca Mónica Sahlin. Ocurrió a mediados de los noventa. Entonces era una mujer agradable y bien formada. Todos esperaban que fuera jefa de gobierno. Su fulgurante carrera política se dislocó cuando se supo que había utilizado la tarjeta de crédito oficial para adquirir unas pastillas de chocolate Toblerone y un vestido de cincuenta dólares. Tuvo que pedir perdón, pagó una multa abultada y estuvo varios años fuera de las actividades políticas. Regresó a la arena pública, pero nunca pudo llegar a Premier por ese episodio.

Es muy posible, no obstante, que la labor del poder judicial está cambiando las formas tradicionales de comportarse. Todo comenzó en Italia en 1992, cuando el fiscal Antonio Di Pietro dio comienzo a Tangentópoli, una operación destinada a adecentar la vida pública del país que terminó por liquidar a la clase política.

En Brasil Sergio Moro ha hecho más o menos lo mismo con Lava Jato, colocando contra las cuerdas a Lula da Silva y a Dilma Rousseff, pero sin descuidar a Michel Temer, el actual presidente. Es importante que tenga éxito. Sin honradez, a largo plazo se hunde el Estado.

 Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

Todos somos noruegos – Carlos Alberto Montaner

Donald Trump quisiera inmigrantes noruegos. Gente rubia, alta, ordenada, laboriosa, educada y limpia. Gente exitosa con quienes comparte rasgos físicos y ciertos comportamientos. Pero lo probable es que no tenga éxito. Hoy los noruegos poseen un nivel de vida más alto que el estadounidense y encuentran que en su país democrático, libre y pacífico abundan las oportunidades de mejorar con el propio esfuerzo. No tienen por qué emigrar. A casi nadie le gusta marcharse a lo desconocido.

En cambio, el destino (o la geografía, que es casi lo mismo), le ha deparado a Trump inmigrantes mexicanos, brasileños, guatemaltecos, cubanos, puertorriqueños, dominicanos, hondureños, haitianos, colombianos y –últimamente– venezolanos, y otros shitty people que huyen de sus fallidas sociedades en busca de seguridad y progreso. (Shitty people, “gente de mierda”, es el término denigratorio e injusto que ha puesto en circulación el propio presidente de Estados Unidos en una conversación supuestamente privada).

En realidad, dos tercios de la población mundial están mucho más cerca de los shitty people que de los noruegos. Una laxa descripción de las sociedades de la India, Pakistán, Filipinas, Indonesia, China, las naciones árabes y subsaharianas, una parte de Europa, Rusia y América Latina, provocarían en Trump la misma ofensiva definición que usó para referirse a salvadoreños, haitianos y africanos.

En todo caso, es absurdo pensar que la solución a los problemas está en la homogeneidad social. Contar con una sola raza, una sola religión, un solo idioma sólo nos garantiza el aburrimiento, la monotonía y el atropello. Por ese camino se llega al nazismo y al exterminio de las personas diferentes. El mensaje glorioso de las ideas republicanas y de las monarquías parlamentarias es que la diversidad no sólo es inevitable: resulta, además, muy conveniente.

En el censo de 1790 en Estados Unidos había, grosso modo, cuatro millones de americanos blancos, casi todos de origen inglés o irlandés, y medio millón de esclavos negros. De los aborígenes quedaban un puñado que ni siquiera solían ser contados. En 2018 son 325 millones de personas, de las cuales el 72% es blanco, el 13 negro, el 16 hispano, extraña definición que tiene que ver con el colonizador europeo.

Ese enorme salto se ha logrado mientras el país se desplazaba a la cabeza del planeta. En 1890 Estados Unidos ya era la mayor economía del mundo. Después de más de un siglo continúa siéndolo, aunque sólo crece al ritmo de un 2% anual. Eso quiere decir que, al menos hasta hoy, ha funcionado espléndidamente la máquina de convertir shitty people en ciudadanos productivos y creadores de riqueza, extremo que no debe sorprendernos: la especie es la misma. Cambian las circunstancias, los incentivos y las instituciones,

Los hijos de los campesinos polacos o rusos, en numerosos casos procedentes de minúsculas aldeas judías o shtetl, se transformaron en notables médicos, abogados y scholars de toda índole. Los hindúes, fragmentados en 200 castas en su país de origen, en Estados Unidos constituyeron el segmento con más alto nivel de ingresos. La segunda generación de cubanos, cuyos padres habían transformado a su isla en un improductivo desastre colectivista, alcanzaron un notable grado de escolaridad y desempeño económico.

Lo que quiero decir es que Estados Unidos no necesita noruegos. Necesita instituciones, leyes justas, oportunidades de desarrollarse y estímulos morales y materiales para el emprendimiento individual. Si eso se mantiene, los haitianos, lentamente, se transformarán en noruegos aunque mantengan sus rasgos étnicos.

Al fin y al cabo, los admirables noruegos de hoy fueron fieros vikingos, rústicos y brutales, que tenían la fea costumbre de escupir en la bañera por la que todos solían pasar a quitarse la sangre y el barro del camino tras el exterminio de pueblos adversarios. Entonces los noruegos eran shitty people.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

Los latinos en Estados Unidos – Carlos Alberto Montaner

Latinos in the United States es un libro que acaba de publicar Oxford University Press. Lo escribió Ilan Stavans, un brillante judío méxicoamericano, profesor de Amherst College en Massachusetts.

Un tema perfectamente adecuado a una época en la que se discute el destino de millones de seres humanos cuyas vidas dependen de la buena voluntad y la compasión de una clase política que no parece poseer esas virtudes, como se desprende de las palabras de Donald Trump divulgadas por la prensa: “¿por qué vienen a Estados Unidos personas de shitholes countries (países de mierda) como Haití o África?”.

La obra comienza con un exergo de Mark Twain que podría encabezar este artículo: “todas las generalizaciones son falsas, incluyendo ésta”. El autor abordó el tema desde una perspectiva informativa y múltiple, con centenares de tópicos, unos esenciales y otros no tanto, como si les dijera a los norteamericanos: “observen cuidadosamente este fenómeno demográfico y presten atención porque tendrán que vivir con él de manera creciente y permanente”.

En efecto, la obra lleva un subtítulo que es una advertencia: What everyone needs to know, lo que todo el mundo necesita saber. Se refiere, claro está, a los Estados Unidos. “Todo el mundo” es Estados Unidos.

¿Por qué los americanos necesitan saber lo que Stavans cuenta? Acaso porque los latinos constituyen una inmensa minoría. Son unos sesenta millones de personas, de un total actual de 325, pero a mediados de siglo serán 100. En la medida en que declina la población blanca de origen europeo, aumenta la proporción de “latinos”.

Naturalmente, eso de “latinos” es una falsa categoría para esconder un prejuicio racial o cultural. Los latinos no existen. Tal vez, poco a poco, se elaborará una identidad latina, pero por ahora es exactamente una quimera: una criatura imaginaria con cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón que echa fuego por la boca.

Existen los mexicanos, los puertorriqueños, los cubanos, y así sucesivamente, pero no los latinos. Ilan Stavans, pese a su nombre, es un latino, porque procede de México (especialista –entre otras cosas– en Spanglish), pero si sus abuelos se hubieran instalado directamente en Estados Unidos o Canadá, sería un judío americano más aunque se dedicara a lo mismo.

Es tan severo (aunque sutil) el rechazo a los latinos en Estados Unidos, que los judíos cubanos, cuando se exiliaron en el sur de Florida, tuvieron que crear su propia sinagoga. Era mayor la aversión cultural de sus correligionarios norteamericanos que los lazos de la fe común que debió unirlos.

¿Por qué ese desencuentro entre anglos y latinos?

La mala noticia es que, posiblemente, se trata de un rasgo típico de la naturaleza humana. La identidad propia se refuerza en el odio a la ajena. Probablemente, por viejos prejuicios que se pierden en el tiempo. Los griegos despreciaban a los bárbaros, incluidos los rústicos romanos. Los romanos despreciaban a los germanos. Los católicos a los protestantes y viceversa. Todos a los musulmanes y a los negros y viceversa. Los españoles a los indios y viceversa. Los estadounidenses blancos de origen nórdico a los más oscuros de procedencia italiana o de cualquier país mediterráneo. En Miami hubo toque de queda –curfew– no sólo para acorralar obligatoriamente a los negros en sus guetos, sino también a los judíos blancos.

La buena noticia es que, con el tiempo, los prejuicios van cambiando o se desvanecen. Los chinos, que en la década de los veinte del siglo pasado eran considerados inferiores, en los tiempos que corren se les respeta y se admite, humildemente, que tienen un IQ superior al de los anglos.

¿Sucederá lo mismo con los latinos? Depende. Los asiáticos no modificaron la percepción general lavando ropa o vendiendo comida étnica en las calles. Poco a poco fueron invadiendo los departamentos de ciencias de las universidades y se labraron su lugar al sol en una sociedad en la que prevalece el respeto por el cambio y la tecnología. ¿Está sucediendo esa transformación entre los latinos? Creo que sí. Es cuestión de tiempo.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

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Lo mejor y lo peor de Trump a un año de su mandato – Carlos Alberto Montaner

Lo mejor de la presidencia de Donald Trump es haber rebajado sustancialmente los impuestos a las corporaciones. En un planeta ávido de inversiones internacionales es inteligente hacerlo. Hay que competir y ésa es una forma de lograrlo. Uno de los principales requisitos para crear puestos de trabajo es que exista una tasa impositiva baja.

Es verdad que beneficia al 3% de la clase alta norteamericana, pero también es cierto que esos poco menos de 10 millones de personas pagan casi el 60% de los impuestos nacionales. Culpabilizarlos de la pobreza relativa del 15% del país es falso y demagógico. Es una lástima, no obstante, que la reforma fiscal no haya sido más generosa con las clases medias estadounidenses. Se han beneficiado, pero poco.

Lo mismo ocurre con las regulaciones. En principio, Trump ha hecho bien en reducirlas. Las regulaciones excesivas son contrarias a las actividades económicas. Lo establece inequívocamente el Doing business del Banco Mundial. Por ejemplo, es una vergüenza el tiempo real que le toma a un constructor o a un empresario industrial comenzar sus tareas en Miami-Dade, pero sospecho que lo mismo sucede en todo el país.

Trump también ha acertado en el opaco terreno de la definición del adversario. Corea del Norte es un enemigo y hay que tratarlo como tal. Lo mismo sucede con Irán. Ambos están empeñados en afectar y destruir a Estados Unidos. Es a Israel y no a los países árabes a quien corresponde designar su capital. Media docena de presidentes norteamericanos antes que Trump prometieron mudar la embajada a Jerusalén. Él lo cumplió. Todo lo que tiene que hacer Washington es construir su legación en la zona tradicionalmente israelí de la ciudad.

Por último, hizo muy bien en recibir a Lilian Tintori, la mujer de Leopoldo López, y mostrar su rechazo al régimen de Maduro. Venezuela, Cuba y Bolivia son países del llamado Socialismo del Siglo XXI, enemigos declarados de Estados Unidos. Ecuador ha dejado de serlo. La Nicaragua del siglo XXI es como el ornitorrinco: un mamífero que pone huevos y tiene pico de pato. No se sabe muy bien qué es. Hasta ahora grazna consignas de izquierda, pero gobierna a la derecha, como si Daniel Ortega fuera un hijo postizo de Lenin y de Pinochet con la cara de un Somoza marxista.

Vamos a sus errores.

Si se demuestra, fue una canallada darles entrada a los rusos en el sistema electoral de Estados Unidos para perjudicar a los demócratas. Es muy peligroso pedirle ayuda coyuntural al enemigo. Si es cierto lo que se sospecha, hoy Trump y su administración están en manos de Vladimir Putin. O Trump baila al son de la balalaika o los rusos le entregan a la prensa un dossiercon todos los detalles de la colaboración.

Ha sido una crueldad política y humana de Trump tomar como rehenes a casi ochocientos mil dreamers y negarles la condición de residentes hasta tanto los demócratas accedan a asignar los fondos para construir el muro que separará al país con México. La mayoría de los norteamericanos no cree que el Muro sea una buena idea.

El 63% de los estadounidenses respalda a los dreamers. Suelen ser jóvenes estudiantes de origen mexicano, pero sociológicamente norteamericanos, ilegalmente traídos a Estados Unidos por sus padres. Muchos ni siquiera hablan español. Dejarlos en el país y permitirles que trabajen y creen riquezas les conviene a todos.

Trump lo ha hecho todo mal con México: el dichoso Muro, denunciar el TLC, insultar a sus vecinos con frases racistas, hasta el punto de que es posible que la exasperada población de ese país elija en los próximos comicios a Andrés Manuel López Obrador, un candidato antiyanqui que seguramente será perjudicial para ambas naciones.

Como también ha errado con relación a Europa, al elogiar a los eurofóbicos de la Unión Europea, ya fueran los británicos partidarios del Brexit, o a todos esos ultranacionalistas franceses, austriacos, húngaros, holandeses o polacos que comparten con Trump esa peligrosa visión de corto alcance que pone por delante los intereses de la nación propia (put America First), sin advertir que el nacionalismo y su secuela el proteccionismo son viejas plagas que nos empobrecen en el terreno económico y nos suelen matar en el campo de batalla.

Y no es menor todo lo que se puede censurar a Trump en el campo de las formas. Su machismo demodé. La manera indelicada en que trató a los puertorriqueños, tirándoles rollos de papel como se les lanza semillas a las palomas. Sus twitters nada presidenciables, enzarzándose en disputas triviales, sus enfrentamientos con el FBI, sus ataques a demócratas o republicanos que no se le pliegan, olvidando que la “cordialidad cívica” es una parte sustancial del espíritu republicano, en el sentido más amplio y mejor de la palabra.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

Marcelo Odebrecht: el hombre del año y el vicio de siempre – Carlos Alberto Montaner

Marcelo Odebrecht es el hombre del año en América Latina. Este ingeniero brasileño nacido en 1968, nieto del fundador de un enorme conglomerado empresarial, es el príncipe de los coimeros del planeta. Para evitar la sentencia de 19 años de cárcel, algo que ha logrado hace solo unos días, ha delatado a sus cómplices en su condición de “colaborador eficaz de la justicia”, desestabilizando a muchos de nuestros países, mostrando (muy a su pesar) las miserias y cinismo de numerosos políticos y funcionarios.

La Organización Odebrecht era una enorme empresa de ingeniería civil, con casi 200,000 trabajadores y una facturación de más de $40,000 millones, de los cuales ya ha perdido una tercera parte. Operaba en una veintena de países, algunos de ellos con un PIB menor que los ingresos de la compañía, pero el grueso de su operación y de sus sobornos los llevaba a cabo en Brasil.

Repartió en total unos mil millones de dólares. En términos absolutos el país más corrupto fuera de Brasil fue Venezuela (98 m), algo totalmente predecible, porque su gobierno es una especie de inodoro inmundo, pero las naciones latinoamericanas que más coimas per cápita recibieron fueron Panamá (59 m) y República Dominicana (92 m).

El modus operandi era sencillo. Los hombres de Odebrecht detectaban a un candidato con posibilidades y comenzaban a negociar. Podían hacerlo primero presidente y luego rico. Brasil tenía grandes publicitarios y magníficos gabinetes de campaña. Ese estupendo expertise se ponía al servicio de la persona elegida junto a cantidades importantes para sufragar el costo de la operación.

Todo lo que el candidato debía hacer, una vez elegido en las urnas, era aprobar los abultados presupuestos y confiarle a Odebrecht la ejecución de las obras públicas programadas. El enorme monto era sufragado por los impuestos pagados por los pueblos o mediante préstamos a los que habría que hacerle frente algún día.

Los brasileños de Odebrecht, por su parte, hacían bien las carreteras, los túneles o lo que fuere, y se ocupaban de pagar seriamente lo pactado en Suiza, en Andorra o en algún otro paraíso fiscal, organizando minuciosamente la logística de la corrupción. Cumplían su palabra. Lo de ellos no era engañar a los políticos ni desvalijar a los ladrones, sino facilitarles la famosa consigna secreta de “robar, pero hacer”, mientras aumentaban la facturación año tras año.

Se podía confiar en sus palabras de mafiosos dotados de corbatas de seda y trajes de $5,000. Carecían de color ideológico. Sin el menor escrúpulo pactaban con el venezolano Nicolás Maduro o con el ecuatoriano Jorge Glas, el VP de Rafael Correa –apóstoles del Socialismo del Siglo XXI–, enemigos naturales de la economía privada de mercado, de la cual la empresa Odebrecht era la quintaesencia.

El problema, naturalmente, no es Odebrecht, sino la mentalidad que impera en América Latina. A otra escala más modesta, es así, mediante coimas, pequeñas o grandes, como han funcionado la mayor parte de nuestros gobiernos desde tiempos inmemoriales, con un agravante terrible: a nuestras sociedades no les preocupa. La corrupción comparece al final de la lista de los males que deben erradicarse en la mayor parte de las encuestas. En México llegan a afirmar, seriamente, que “la corrupción es solo otra forma de distribuir los ingresos”.

¿Por qué sucede esta ausencia de principios en nuestro mundillo?

Tal vez, porque la mayor parte de los iberoamericanos –incluyo a los brasileños– no perciben claramente que el dinero público es aportado por todos nosotros y la corrupción es como si nos metieran la mano en el bolsillo y nos robaran la cartera. Lo que ocurre en la esfera del Estado no nos compete.

Acaso, porque el cinismo es total y damos por descontado que al gobierno se va a robar y no nos preocupa, siempre que sean “los nuestros” los que se enriquecen con los recursos ajenos. Somos víctimas de una clara anomia moral.

Sin duda, porque el clientelismo, esa pequeña coima otorgada por el gobierno, es una forma de corrupción en la que millones de iberoamericanos se adiestran en ese tipo de conducta nociva.

Por eso no es de extrañar que, pese a Lava Jato, como se llamó en Brasil a la operación judicial contra la corrupción, vuelvan a elegir a Lula da Silva, quien hoy encabeza las encuestas pese a sus sucios negocios. Hace años lo dijeron los peronistas en la vecina Argentina en un graffiti que el tiempo no ha borrado y revela el drama de fondo: “Puto o ladrón queremos a Perón”.

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El fracaso de Raúl Castro – Carlos Alberto Montaner

Raúl Castro ha anunciado que postergará su retiro como Presidente de Cuba. Ya no se irá el 24 de febrero de 2018, sino el 19 de abril. El dictador alega que los inmensos daños del huracán Irma son la causa. En Cuba casi nadie lo cree. El rumor que circula en la Isla afirma que en el vecindario del general hay un gran malestar contra el ingeniero Miguel Díaz-Canel, Primer Vicepresidente y heredero designado. Aunque no existen síntomas evidentes, aparentemente a ciertos miembros de la Primera Familia les parece un cripto-reformista. Yo, francamente, lo dudo.

Algunos de los hijos y parientes de Raúl prefieren al canciller Bruno Rodríguez. Les gusta más. Es más elocuente. Fustigó ferozmente a Barack Obama tras el discurso que el anterior presidente estadounidense pronunciara en La Habana. Según Rodríguez, Obama era el mismo perro de siempre, pero con diferente collar. Quería la destrucción de la revolución, sólo que por otros medios. El canciller cubano dijo exactamente lo que pensaba Raúl Castro y, especialmente, su hijo Alejandro Castro Espín.

Poco después Díaz-Canel filtró un video en el que se presentaba como un Stalin caribeño: duro, riguroso, comunista a ultranza, implacable contra los disidentes. Según me cuentan, estaba dirigido a convencer a la poderosa familia de que en él se podía confiar. Aseguraba que no había en su carácter el menor rasgo reformista. El video circuló profusamente, pero los destinatarios realmente eran pocos y todos estaban en la pequeña cúpula del poder.

Raúl dejará la presidencia de Cuba en bastante peor situación que cuando la asumió. Su gestión ha sido un absoluto fracaso. Entonces vivía Chávez y la explotación de Venezuela era un gran negocio para los cubanos. La saqueaban sin misericordia. Los ladrones de los dos países se coludían para robarse hasta los clavos. Cuba llegó a alquilarle a su colonia plataformas perforadoras de petróleo que operaban en el lago Maracaibo. Era una “empresa de maletín”. La factura duplicaba el costo real. Los equipos venían de otra parte. Los beneficios –medio millón de dólares al día– se repartían entre bandidos de ambas orillas.

En la Cuba de Raúl sigue habiendo dos monedas. Los trabajadores cubanos cobran en una inservible divisa nacional, pero tienen que adquirir en dólares todo lo que vale la pena. Raúl no ha sido capaz de solucionar este gravísimo problema. Ni siquiera ha podido aumentar la producción de leche para que los niños mayores de siete años puedan beberse un vaso cuando les plazca. El gran problema del colectivismo autoritario es la terca improductividad que genera.

El país desde hace muchos años es un desastre de suciedad y desabastecimiento, de escombros, y creciente pobreza. El cuento de la medicina gloriosa y universal es para simpatizantes incautos, lo mismo que sucede con la educación. Ninguna universidad cubana está entre las primeras 400 del planeta. El gobierno se niega a realizar pruebas internacionales de conocimientos (PISA) porque sabe que los jóvenes estudiantes quedarían entre los últimos lugares.

¿En qué consiste, en definitiva, el modelo cubano? Son prodigiosos policías. Reprimen y vigilan como nadie. Este es el triste legado que Cuba le ha hecho a Venezuela. Lo aprendieron del KGB y de la Stasi, pero superaron a sus maestros. El poder se sostiene gracias a la Seguridad del Estado. El gobierno tiene varios anillos represivos. El más vistoso, pero el más elemental, es la policía de chapa y tolete. El más eficaz es la contrainteligencia. Hay decenas de miles de sujetos invisibles dedicados a controlar la vida de los otros, a escuchar sus conversaciones, a descarrilar sus proyectos, a esparcir o apagar rumores.

La burocracia totalitaria es muy costosa. El gobierno, el Partido, los órganos de Seguridad, las Fuerzas Armadas se llevan la parte del león. Por eso no se caen, pero, también por eso, las sociedades sometidas al sistema no prosperan y todas ofrecen el mismo panorama gris de miseria y desesperanza. Raúl Castro lo sabe, pero no está dispuesto a cambiar nada. Lo dijo cuando enfermó su hermano y lo reiteró cuando Fidel murió el 25 de noviembre de 2016. Él no había llegado al poder para enterrar el comunismo. Llegó para fracasar, como su hermano.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

Ensayo para un divorcio civilizado – Carlos Alberto Montaner

El 21 de diciembre los habitantes de Cataluña van a votar nuevamente. Hay pocas noticias internacionales que despierten tanto interés entre los latinoamericanos como las ocurridas en España. No digo “los catalanes” porque, como debe ser, han sido convocados todos los ciudadanos de España radicados en las cuatro provincias catalanas: Barcelona, Lérida, Gerona y Tarragona. Un territorio de 32,000 km2, similar al de Bélgica; con una población de 7,500,000 habitantes, semejante a la de Israel, y un PIB de Primer Mundo medido en poder adquisitivo de 43,000 dólares, más o menos como Canadá.

Mi interés en este asunto trasciende el periodismo. Además de haber pasado los mejores 40 años de mi vida en Madrid, una parte sustancial de mi familia procede de los Pirineos leridanos, Andorra incluida, o de Lloret de Mar (Gerona). Cuatro hermanas de mi abuelo materno inauguraron en La Habana el nacionalismo genital. Se quedaron solteras en Cuba, lamentando en catalán no haber conseguido paisanos con los cuales casarse, pese a que, periódicamente, hacían viajes a Barcelona con el propósito de capturarlos y llevarlos sanos y salvos a la Isla. Fracasaron. Murieron vírgenes y mártires –creo– hace muchas décadas.

Las encuestas arrojan una ligera mayoría para los españolistas, generalmente conformes con la democracia liberal, lo que debo admitir que me complace, dispersos en un amplio marco que va desde la derecha conservadora del Partido Popular, hasta el Partido Socialista Obrero Español, radicado en una izquierda que, a ratos, es vegetariana y socialdemócrata, aunque a veces sufre espasmos carnívoros y lanza mordiscos radicales, a lo que se agrega el centro liberal de Ciudadanos, la agrupación que acaso saque más votos en los comicios, lo que nada garantiza que podrá formar gobierno. A la derecha no le conviene su existencia y la izquierda la detesta.

Aunque el propósito de las elecciones es dotar de un gobierno legítimo a una región cuyos mandamases han sido destituidos por violar la legalidad vigente, tirios y troyanos, aun cuando oficialmente no lo reconozcan, interpretarán los resultados como si fuera un plebiscito no-vinculante sobre la independencia y volveremos al punto de partida. Por infantil que parezca, no existe una emoción más poderosa y tenaz que el nacionalismo. Es inútil tratar de decapitarlo: siempre reaparece. De manera que lo más prudente es aprender a convivir con el fenómeno y evitar que la sangre llegue al río.

Por eso creo que lo razonable es abrirles una puerta constitucional a los soberanistas para que puedan marcharse si es que alguna vez logran reunir de forma permanente las mayorías decisivas para conseguir su propósito separatista.

Yo veo a Cataluña como parte de una España desigual, hecha en distintos tiempos con aportes diferentes, y me encantaría que permaneciera dentro de la nación común, pero como se trata de una cuestión sentimental y no jurídica, lo más importante es cómo se perciben los propios catalanes y no cómo los contemplamos desde fuera.

Es como el divorcio. Los españoles (y algunos latinoamericanos) tardaron más tiempo de la cuenta en admitir que la decisión de permanecer juntos solo le corresponde a la pareja casada y no a la familia. Cualquier región de España debe tener la posibilidad de separarse del conjunto del Estado al que pertenece. (Hay cinco regiones esencialmente diferenciadas: Cataluña, Vascongadas, Galicia, Canarias y la vasta zona españolista que incluye al resto del país). Probablemente, esa “puerta abierta” lejos de exacerbar, acaso calme los recurrentes reclamos de independencia.

Como conozco la historia de Cuba, sé que la negativa de España a imitar la laxa relación del Reino Unido con Canadá fue el factor detonante de la última y definitiva Guerra de Independencia. Acaso con una dosis mayor de autogobierno isleño se habrían evitado la guerra, el estallido del Maine y el desastre del 98.

Cuba –especialmente La Habana– era y se sentía razonablemente española, pero los políticos peninsulares hicieron imposibles esos lazos, tal vez por la incontrolable turbulencia de una nación que en pocos años pasó por el trauma del fin de la dinastía borbónica, la llegada de un infeliz príncipe italiano, el caos oncemesino de la Primera República y los tejemanejes de la Restauración. No había sosiego para actuar sabiamente.

Por supuesto, la secesión de cualquier región española tendría que ser una decisión racional y consensuada dentro de una ley que tuviera en cuenta el carácter permanente de una medida que afectaría a generaciones futuras. Ello exigiría una mayoría calificada independentista del 60%, la aprobación en dos plebiscitos sucesivos convocados en legislaturas diferentes para evitar reacciones coyunturales escasamente pensadas, más afrontar las consecuencias económicas de cualquier ruptura que deben ser previamente analizadas. Hay que determinar cómo se van a dividir los bienes comunes y quién queda a cargo de los costos onerosos de la separación. Exactamente igual que ocurre en cualquier divorcio civilizado.

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Lo que se juegan los chilenos en las urnas – Carlos Alberto Montaner

El domingo 17 de diciembre los chilenos regresan a las urnas. Es la segunda y definitiva vuelta. ¿Qué se juegan? Algo muy serio. Probablemente, la permanencia de millones de personas en las clases medias, y ya se sabe que la libertad y la democracia se defienden mejor cuando un porcentaje elevado de ciudadanos forma parte de ese sector socioeconómico.

Entre 1990 y el 2015 –la etapa de la democracia liberal– el país dio un tremendo salto económico. Entonces parecía que entre los chilenos existía el consenso de que era sensato insistir en el modelo de mercado, estado reducido, estímulos a los emprendedores, sistema de pensiones basado en la capitalización individual y propiedad privada del aparato productivo, que tan buen resultado había dado en el país, aunque lo hubiera instaurado el dictador Pinochet por iniciativa de los Chicago boysincorporados a su gobierno.

En el 90, sólo el 23.7% de los chilenos podía clasificarse como integrante de los sectores sociales medios. En el 2015, el número había saltado al 64.3 –casi se había triplicado–, una impresionante hazaña que había servido para colocar el país a la cabeza de América Latina y en el umbral del Primer Mundo.

Para quienes se preocupan por los niveles de las diferencias de ingresos (y no por la disminución de la pobreza, que es lo verdaderamente importante), es útil recordar que, aunque el Índice Gini de Chile es de los peores del mundo, durante ese periodo se ha reducido de 57 a 50. Es decir, la diferencia entre lo que recibe el 20% más rico y el 20% más pobre ha disminuido notablemente.

Los principales datos los extraigo de un estudio muy serio de Libertad y Desarrollo, un notable think-tank del país que, como los cómicos, da la buena noticia del incremento de la clase media, pero la acompaña de una mala: una parte sustancial de esos sectores sociales puede involucionar nuevamente hacia la pobreza, dado que una porción importante de este grupo se sitúa muy cerca de la llamada franja de vulnerabilidad.

¿Qué es eso? El asunto tiene que ver con la definición del término “clase media”. Es una expresión vaporosa que tiene varias acepciones. El estudio de L&D se acoge a la metodología del Banco Mundial que clasifica como clases medias a todos los adultos que obtengan el equivalente de entre 10 y 50 dólares diarios de ingresos medidos por el poder de compra.

Pues bien: el grupo mayoritario de los chilenos clasificados como niveles sociales medios está más cerca de los US$10 diarios que de los 50. Son más propensos a regresar a los niveles de pobreza, fenómeno que hemos visto varias veces en Argentina, Ecuador, Perú, Bolivia y, sobre todo, en Venezuela y Cuba, países en los que el salario real de las personas anda por los diez dólares mensuales.

¿Qué se necesita para que algo así suceda en ese país y se descarrile lo que se ha llamado el “milagro chileno”? Sencillo: un gobierno populista que aumente irresponsablemente el gasto público, que se asiente sobre redes clientelares de estómagos agradecidos que cambian sus votos por dádivas, que olvide que los gobiernos no producen riqueza, porque ésta sólo se genera en el ámbito privado y requiere un ciclo lento de madurez que incluye trabajo intenso, innovación, inversión, beneficios, ahorros y, nuevamente, inversión.

Esto es: el descalabro vendría de la mano de uno o varios gobiernos sucesivos que olviden que el orden racional de la economía exige que el Estado viva de la sociedad y no al revés, como sucede en las naciones fallidas paridas por el peronismo, el chavismo, el castrismo y otros males similares enquistados tras las banderas de la justicia social.

Estados Unidos, que es hoy y desde hace un siglo la mayor economía del planeta, sólo ha crecido, como promedio, un 2% anual, pero lo ha hecho durante 235 años consecutivos, descontados los periodos excepcionales de recesión. Los saltos inmediatos pertenecen a las delirantes fantasías de los ingenieros sociales como Mao Tse-tung, Fidel Castro y Hugo Chávez.

Esto es lo que se juegan los chilenos el 17 de diciembre. No es poca cosa.

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Maduro, el empecinado – Carlos Alberto Montaner

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El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, se postulará de nuevo el año próximo.

Nicolás Maduro se postulará otra vez en el 2018. Ha dicho que confía en el voto del pueblo. No es cierto. Confía en los técnicos en computación, maestros en la prestidigitación digital, y en ese inefable personaje, como de cómic, Tibisay Lucena, famosa por multiplicar los votos, y en su obsecuente combo de cómplices electorales, capaces de hacer elegir presidente a un moribundo, a un chófer de autobuses, o a una caja de zapatos si se lo exige el guión chavista.

Maduro, que lee las encuestas, sabe que en el último Datanálisis obtuvo el 17% de apoyo, con tendencia a la baja, mientras el 80% de los venezolanos lo rechaza de manera creciente, y la cifra aumenta en la medida en que empeora el abastecimiento y aumenta la inflación. Tal vez a estas alturas de la miseria ya él ha bajado del 15 y su régimen debe tener el apoyo de un porcentaje más o menos similar, como demuestra la regañina televisiva de alguien como José Vicente Rangel.

Es perfectamente natural que así sea. Los venezolanos pasan mucho trabajo. No ignoran que en el futuro escaseará todo, menos las infinitas incomodidades impuestas por el chavismo. Saben que en los últimos meses las importaciones se han reducido a la mitad, dato terrible en una sociedad que trae del exterior casi todo lo que necesita para vivir, dado que han cerrado ocho mil empresas por la imposibilidad de obtener insumos. Mañana, intuyen, será mucho peor que hoy.

Maduro, no obstante, inasequible al desaliento, confía “en la democracia y la libertad como valor supremo de nuestra patria”. Cuando Nicolás se refiere a “su” patria habla de Venezuela, donde transcurrió su adolescencia, y no de Colombia, donde nació, o de Cuba, donde tiene su pequeño corazoncito. Nada de eso.

En rigor, Maduro y sus secuaces desconfían de la oposición porque saben que pueden acabar en la cárcel por una cadena de delitos que va desde el peculado –en ese país se han robado trecientos mil millones de dólares– hasta el tráfico de cocaína, pasando por el lavado de dinero, la violación de los derechos humanos y hasta la tortura y el asesinato de opositores.

El problema es que la oposición no tiene fuerza para despojarlos del poder ni ellos para sostenerse mucho más tiempo. Los opositores son considerablemente más que los chavistas, pero Raúl Castro le ha explicado a su discípulo Maduro que en ese tipo de regímenes la autoridad no se mantiene mediante el consentimiento de los gobernados, sino por las actividades de la contrainteligencia y por el resto de los mecanismos de avasallamiento.

Basta tener el control del discurso, del aparato de propaganda, el respaldo del cucarachero comunista internacional, desde Podemos en España hasta las FARC colombianas, más ese 0.5% de la población (150,000 personas en Venezuela), incardinadas en la policía secreta, omnipotente y omnipresente, que está en todas partes y en ninguna, como un Dios implacable y malo, aviesamente dedicado a inmovilizar a toda la población por la entrepierna.

Pero, tras el agravamiento de la crisis económica, los saqueos y la inconformidad con la presencia insolente de “los cubanos”, Maduro conoce la secuencia de los hechos que ocurrirán el día que algunos hombres armados, militares o civiles, se le enfrenten al régimen: tomarán un cuartel con el beneplácito de los soldados (o acaso serán ellos mismos), repartirán las armas al pueblo, y la estructura de poder se fracturará vertical y horizontalmente.

¿Qué pueden hacer el chavismo lúcido y la oposición sensata para evitar el desplome del país en el caos y la descomposición? Hay una docena de caminos. Pueden sentarse a pactar seriamente una transición real a cambio, acaso, de una moratoria judicial como la sucedida en Chile tras la salida de Pinochet, o en Nicaragua cuando Violeta Chamorro fue electa y comenzó el desguace del primer sandinismo.

Para esos fines son utilísimos los mecanismos electorales. Así, ordenadamente, sin sangre ni violencia, se acabó el comunismo en Centroamérica y en Europa, pero la clave está en respetar la voluntad popular y –por ahora— no hay el menor síntoma de que Maduro admita esa posibilidad. Está empecinado.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

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Votos inútiles, obligatorios y voluntarios – Carlos Alberto Montaner

Hay países latinoamericanos en los que votar es inútil. Venezuela es el caso más escandaloso. Cuando la oposición consigue que no le hagan demasiadas trampas, el chavismo priva a los vencedores de las prerrogativas que marca la ley y sin el menor recato les anulan las mayorías logradas en las urnas. Ahí las elecciones son una farsa.

En Cuba, que es la madre y maestra del chavismo, el mecanismo electoral es aún más diáfano. La oposición ni siquiera puede participar. En la Isla, candidato proviene de candado. El sistema está lleno de candados para que sólo pasen los comunistas. En los comicios actuales, ni siquiera uno de los opositores ha podido franquear las talanqueras impuestas por la contrainteligencia, pese a que más de un centenar lo intentó. Raúl tampoco ha permitido el referéndum que, conforme a la ley, piden los partidarios de “Cuba Decide”. Los Castro ya decidieron por todos los cubanos desde hace 60 años.

En Bolivia el pueblo votó para que Evo no se reeligiera y el presidente aymara se pasó los resultados por el forro de la Constitución. Lo mismo que sucedió en Colombia cuando los ciudadanos decidieron en un referéndum notable cerrarles el camino de la impunidad a los narcoguerrilleros comunistas de las FARC. Juan Manuel Santos continuó sonriente e imperturbable por el camino de los acuerdos de paz, como si con él no fuera, y como si la ley no lo obligara a obedecer a sus compatriotas.

En Nicaragua, Daniel Ortega, con el apoyo de una buena parte de la clase empresarial y –todo hay que decirlo- con el respaldo de los grandes sectores de su clientela política, fue apoderándose ilegalmente de los mecanismos electorales, hasta establecer un curioso somocismo de izquierda en el que habla como Lenin, pero gobierna como D. Anastasio, Tacho para sus amigos, muy alejado del modelo colectivista de los años ochenta, cuando hervía al calor de la revolución cubana y destruyó insensiblemente el aparato productivo de los nicas.

Hay países latinoamericanos democráticos en los que votar es voluntario. Así ocurre, por ejemplo, en Chile, Costa Rica, República Dominicana, Honduras, México y Paraguay. En otros, es obligatorio: Argentina, Brasil, Panamá, Perú y Uruguay. ¿Qué es mejor? ¿En cuáles se refleja con mayor claridad la voluntad popular?

Sospecho que es preferible que el voto sea obligatorio. Es cierto que no votar es una expresión de la libertad personal, pero siempre se puede votar en blanco o anular la boleta. Además, acudir a las urnas no es sólo un derecho: es un deber cívico que sólo pudiera declinarse por razones de fuerza mayor.

Existe, además, una razón práctica para hacer el voto obligatorio y tiene que ver con las vísceras.

Me explico, aunque me adelanto a decir que los siguientes factores son todos comprensibles, pese a que alguno sea ilegal.

Los clientes políticos votan con el estómago. Reciben algo a cambio del sufragio. A veces son tan pobres, o están tan cínicamente desencantados, que venden sus votos por un poco de dinero. Esto sucede claramente en la costa colombiana, en Centroamérica y en República Dominicana.

Los partidarios votan con el corazón. Son hinchas. Son fanáticos. A veces, incluso, son partidarios por tradición familiar. No suelen detenerse a pensar en las consecuencias de la selección. Aman a su candidato o a su partido y los apoyan contra viento y marea. El amor es así. El corazón tiene sus propias razones.

Los adversarios eligen con el hígado. No votan a favor, sino en contra. Les irritan ciertos candidatos y acuden a tratar de impedir que lleguen al poder. La rabia gobierna sus decisiones políticas. Con frecuencia, el hígado es movilizado por cuestiones ideológicas. Votan contra la derecha. Votan contra la izquierda.

En cambio, entre quienes no votan hay más probabilidades de que utilicen sus cerebros, dado que el resto de las vísceras no entran en la ecuación. A veces, claro, se inhiben de votar por pura indolencia o por ignorancia y luego lo lamentan. Les ocurrió a los británicos que no participaron en la selección del Brexit. Presumiblemente, es lo que les sucedió al 37% de los venezolanos que no acudieron a las elecciones de 1998. La abstención le dio la victoria a Hugo Chávez y ahí comenzó el descalabro. Si el voto hubiera sido obligatorio tal vez otro gallo cantaría.

Periodista y escritor. Su último libro es el ensayo El presidente: manual para electores y elegidos.

El síndrome del tercermundismo – Carlos Alberto Montaner

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El ex presidente de Chile, Sebastian Piñera, izquierda, y su homólogo de España, José María Aznar, participan en conferencia de prensa en Miami, el 13 de Mayo del 2016. Hector Gabino hgabino@elnuevoherald.com

El 19 de noviembre los chilenos acudirán a las urnas. Si ningún candidato obtiene más del 50% de los sufragios, los dos más favorecidos (de un total de ocho) volverán a aspirar el 17 de diciembre. Según todas las encuestas, Sebastián Piñera, cabeza de la centroderecha, será nuevamente el jefe del Estado chileno en la primera o en la segunda vuelta. Ya lo fue, exitosamente, entre el 2010 y el 2014. Lo sustituyó, sin gloria, Michelle Bachelet, que sale de la presidencia con el aproximado rechazo del 70% de los chilenos y el aprecio del 30 restante.

Hasta ese punto no hay nada sorprendente, salvo la historia de la evolución económica y social de Chile y el miedo al éxito de una parte sustancial de la población de ese país. Es lo que llamo “el síndrome del tercermundismo”. Son ese conjunto de síntomas, basados en supersticiones ideológicas, que impiden que ese país (como sucede con toda América Latina) finalmente se transforme en una nación del Primer Mundo.

Hasta 1970 Chile fue una nación en la que convivían la democracia con la injerencia constante del Estado. Era un país libre, pero gris, sometido a una serie de controles que ahogaban la creatividad de sus emprendedores. Ese año fue electo Salvador Allende con un tercio de la votación, pero quiso emprender una revolución social inspirada en el ejemplo cubano, curso que contradecía sus promesas de campaña y el documento que tuvo que firmar con el Parlamento para acceder a la presidencia.

El experimento se saldó en 1973 con una grave crisis económica, inflación, desabastecimiento, atropellos judiciales y, finalmente, el golpe militar de Augusto Pinochet.

Los 17 años de Pinochet fueron duros. Hubo unos tres mil asesinatos y miles de chilenos marcharon al exilio para escapar de las cárceles y la tortura. La Democracia Cristiana, que en un principio apoyó el golpe, muy pronto se opuso a los militares. Sin embargo, como Pinochet tenía una idea muy borrosa de la economía, contra el consejo de algunos militares estatistas (como casi todos), les entregó esas actividades misteriosas a unos jóvenes académicos que se habían formado en Chicago bajo el magisterio de Milton Friedman, o en Harvard, donde tampoco eran ajenos a la influencia intelectual de los defensores del mercado y de la versión moderna del laissez faire. En ese punto comenzó la leyenda de los Chicago boys.

La reforma de la economía tuvo éxito. Al principio, naturalmente, hubo tropiezos, pero en 1990, cuando los chilenos retoman la democracia como método de gobierno, el país estaba encaminado en la dirección correcta. Chile crecía espectacularmente, y la oposición, ya instalada en la Casa de la Moneda, tuvo el buen juicio de no cambiar lo que funcionaba estupendamente: el modelo económico. No regresó al Chile preallendista, sino inauguró la etapa pospinochetista sobre las bases sólidas que les habían dejado los Chicago boys, hasta que la señora Bachelet, en su segundo periodo, comenzó a involucionar hacia el pasado.

La gran contradicción es que muchos de los que rechazan a Piñera lo hacen por las malas razones. Siguen creyendo en la Teoría de la Dependencia –esa idiota manía de culpar a las naciones desarrolladas de la pobreza del Tercer Mundo–, sin preguntarse quiénes han tratado de impedir a los cuatro dragones asiáticos dar el salto a la prosperidad. O sin estudiar cómo Israel comenzó exportando naranjas y hoy exporta aviones, medicinas y software. Incluso el caso de Irlanda, ahora un país bastante más rico que el Reino Unido del cual se separó.

Chile está a punto de entrar en el Primer Mundo. Excede los 24,000 dólares per cápita de PIB medido en paridad de poder adquisitivo, sólo tiene un 6.5% de desempleo, y existe una gran movilidad social en un país que hoy está sustancialmente habitado por clases medias. Si mantiene el gasto público bajo, se aparta del capitalismo de amiguetes (crony capitalism), erradica la poca corrupción que existe, sostiene un sistema competitivo que aumente la productividad, y es capaz de alentar a los emprendedores e innovadores, será la primera nación de América Latina que logre derrotar el subdesarrollo, algo que pudiera anunciarse en los próximos cuatro años.

Para el resto de América Latina es muy importante que exista esta excepción. Será la señal de que no hay nada en nuestro ADN que impida que los latinoamericanos prosperen, abandonen los vagones pobres y mediocres de la civilización y se incorporen a la locomotora del planeta. Pero para ello es menester que Chile triunfe claramente. Cuando eso suceda, nadie tendrá el derecho de convocar a revoluciones absurdas y sangrientas, como sucede en la Venezuela del chavismo o en la Cuba irreductiblemente estalinista de Raúl Castro. El camino es otro: el del mercado, la competencia y la libertad. El que Chile emprendió hace varias décadas.

Periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas.

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Timochenko, presidente de Colombia – Carlos Alberto Montaner

El jefe de las FARC ha anunciado que aspirará a la presidencia de Colombia. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia son el brazo armado del Partido Comunista colombiano. Esa candidatura era predecible. Lo mismo que las tres preguntas siguientes: por qué el cambio de postura de Timochenko, con qué cuenta para llegar al Palacio de Nariño y para qué lo desea ardientemente. Pero antes de responderlas hay que situar al lector ante el personaje.

Su nombre real es Rodrigo Londoño Echeverri, descendiente de una familia provinciana del sector medio-bajo. Lo sustituyó por el de Timoleón Jiménez como nom de guerre, pero luego lo sovietizó por el Timochenko, probablemente elegido como un no tan secreto homenaje a Semion Timochenko, el mariscal amigo íntimo de Stalin que murió pocos años antes de que el colombiano llegara a Moscú a estudiar (es un decir) en la Universidad Patricio Lumumba, previo su viaje a Cuba a continuar no-estudiando en la isla del Dr. Castro. Sitio donde dicen que concluyó algo relacionado con la medicina, disciplina en la que seguramente resultará más peligroso y letal que como narco-guerrillero, pese al tremebundo dossier compilado por el columnista, Héctor Gómez Kabariq, de quien reproduzco los siguientes tres párrafos.

Gómez escribió:

El prontuario de Timochenko comprende gran cantidad de actos como secuestro, terrorismo, homicidio, rebelión, reclutamiento de menores, hurto calificado, daño en bien ajeno, narcotráfico, extorsión, conspiración, sedición y concierto para delinquir. El máximo comandante en jefe del grupo guerrillero también presenta 117 órdenes de captura por parte de las autoridades colombianas.

Ha sido condenado a prisión por varios jueces por múltiples actos violentos. Todas las condenas de Timochenko suman 164 años: una condena de 34 años por el ataque contra el municipio de Gigante (Huila), otra sentencia de 25 años por el asesinato de monseñor Isaías Duarte Cancino, otra condena de 27 años por el secuestro de una ex congresista en 2001, otro fallo en su contra por el cual le imputaron 40 años luego de perpetrar un atentado en 1998 contra una base militar de la Región de la Orinoquía y una última pena de 38 años por el asesinato de Consuelo Araújo Noguera.

El gobierno de los Estados Unidos alcanzó a ofrecer la suma de 5 millones de dólares por su captura.

Rodrigo Londoño Echeverry, “Timochenko”, encabezó como jefe de las FARC las negociaciones de paz con el gobierno del Presidente Santos en los últimos cuatro años en la Habana, Cuba, y este 26 de Septiembre [2016] en Cartagena será el encargado de firmar el acta definitiva de paz con el Jefe del Estado, en presencia de delegaciones de por lo menos 50 países de todo el mundo”.

¿Por qué alguien con semejante biografía renuncia a la violencia y decide buscar los mismos fines por vías políticas? Sencillo: porque sabía que había perdido la guerra y era cuestión de poco tiempo que los perfeccionados drones al servicio de la aviación militar colombiana liquidaran a la cúpula de las FARC. La muerte violenta de Raúl Reyes, Mono Jojoy y Alfonso Cano, “dados de baja” por los bombardeos enemigos eran un exacto augurio de lo que les esperaba a todos ellos en la medida en que la tecnología de guerra y la inteligencia militar continuaran perfeccionándose.

¿Con qué recursos Timochenko piensa ganar las elecciones colombianas? También es sencillo: con los narcodólares que controlan las FARC. Es una inmensa cantidad de dinero. A las FARC se les ha llamado “el mayor cártel de la droga del planeta” y es probable que así sea. Tendrá plata para untar con “mermelada” –como llaman en Colombia a este innoble soborno– a cuanto comunicador o dirigente se preste. Tendrá (ya tiene) en su campo a los astutos operadores políticos cubanos (los mismos que hicieron presidente a Hugo Chávez), y a toda la izquierderíaideológica como Podemos en España, Maduro y sus 40 ladrones en Venezuela y a sus compañeros del Foro de Sao Paulo.

¿Para qué quiere instalarse en el Palacio de Nariño? Esto no lo dirá, porque se limitará a denunciar las enormes deficiencias de la sociedad colombiana, pero sospecho que habrá poca gente que ignore que a Timochenko no le interesa aliviar esos males con honradez, inversiones, mercado y propiedad privada, como hacen las naciones más felices y prósperas del mundo, sino cambiar el signo de las desgracias que afligen a ese país.

Como buen marxista-leninista de la vertiente cubana, transferirá la riqueza existente de manos de los “oligarcas” a los cuadros que segregará la mítica revolución (en realidad una nueva oligarquía) en un proceso que llaman “la formación de capital primario”. Organizará el trasvase del aparato productivo privado a unidades colectivas, sin importarle el daño que eso cauce a la economía y al pueblo, mientras tiende un puente de plata por el que huirán sus adversarios naturales. Simultáneamente, cambiará la Constitución para que exista la reelección indefinida y se termine ese cuento burgués de la separación de poderes o la alternancia diversa en el gobierno.

“La revolución y yo somos así, señora”, diría un español de los viejos tiempos parafraseando un famoso texto teatral.

Periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas.

¡Dejen en paz las tumbas, las estatuas y los nombres de las calles! – Carlos Alberto Montaner

Leo en Infobae que unos indios mapuches apearon de su pedestal un busto de José de San Martín en Argentina y lo lapidaron a ladrillazos hasta desfigurarle el rostro marmóreo. No era una inocente gamberrada, sino lo que hoy llamaríamos un crimen simbólico generado por el odio. Mientras apedreaban al Libertador de Argentina, Chile y Perú le gritaban, airados, no se sabe por qué, “colonizador, colonizador”.

En Estados Unidos, las estatuas del general Robert E. Lee han sido objeto de una gran controversia por los intentos de derribarlas. Lee fue un ingeniero militar que dirigió el Ejército Confederado sureño durante la Guerra Civil (1861-1865), héroe condecorado por sus previas acciones en la guerra mexicana, a la que acudió junto a Ulysses Grant, otro galardonado, que luego comandara los ejércitos yanquis por designación de Abraham Lincoln.

Acusan a Lee de esclavista, que lo fue, pero pequeño, como la mayor parte de los sureños blancos en el siglo XIX, aunque sus enemigos admiten que se trataba de un general competente y de un patriota austero y laborioso que ni siquiera estaba de acuerdo en la secesión de los estados rebeldes.

En el Parque Central de Nueva York hay una estatua de Colón que peligra. Un par de policías la custodian y protegen del rencor étnico. Han amenazado con volarla. Hay indígenas que no le perdonan a D. Cristóbal su hallazgo del Continente americano. Les molesta, especialmente, el concepto eurocéntrico del “Descubrimiento”. Y hay latinoamericanos ácidamente indignados contra el (presunto) genovés por lo que “nos hizo” junto a un puñado de españoles audaces hace más de 500 años.

Pero en España, además de víctimas del revisionismo histórico, son también victimarios. En el país hay un intenso esfuerzo de erradicar de los callejeros el nombre de militares franquistas que ganaron la Guerra Civil (1936-1939), mientras algunos, en serio, se proponen expulsar el cadáver del generalísimo Francisco Franco del Valle de los Caídos, donde está enterrado bajo una lápida gigantesca que señala sus 40 años al frente del Estado español.

El presidente boliviano René Barrientos Ortuño, con la aliviada simpatía de casi todo el país, ante la imposibilidad legal de celebrarle un juicio al Che Guevara y fusilarlo al amanecer por acudir al país a matar soldaditos, dado que el código penal no autorizaba la pena de muerte, dio la orden extrajudicial de que lo liquidaran. Craso error y craso crimen. Hubiera sido mucho mejor entregarle el prisionero a Estados Unidos, como pidió reiterada e inútilmente la CIA por medio de su agente Félix Ismael Rodríguez.

Pero eso ocurrió hace medio siglo, precisamente en octubre de 1967. Evo Morales, quien, en una de sus hilarantes “evadas”, denunció, muy preocupado, que su país había sufrido los ataques arteros del Imperio Romano, acaba de reivindicar la figura del Che y rendirle homenaje al argentino asesinado a balazos tras ser capturado en combate tras su mini invasión a Bolivia.

Recuerdo una simpática crónica, creo que de Alfonso Ussía, de hace unos 30 años, cuando comenzaron a quitar los nombres de los oficiales franquistas de las calles, implorando que no hicieran esa barbaridad para no enloquecer a los carteros y a los taxistas. Proponía, en cambio, que les agregaran adjetivos calificativos a la nomenclatura callejera. Por ejemplo: General Emilio Mola “el bueno”, o “el malo”, dependiendo del humor de la época, pero que no le arrebataran el sustantivo con el que han conocido a la dichosa vía durante mucho tiempo porque era una manera insensata de crear una gran confusión urbana.

Tenía razón. Cada generación posee el derecho a revisar la historia, pero no a hacer tabla rasa de los juicios de valor anteriores. Lo preferible es que dejen las estatuas, las tumbas y los nombres de las calles tranquilos, y que agreguen unas nuevas estatuas, tumbas y nombres contrarios a los viejos, porque la historia es exactamente así, poliédrica, y no tiene sentido someterla a los vaivenes de los tiempos.

Ya se sabe que Napoleón era el adorado y genial emperador, o el cruel enano corso que destruyó a su país con aventuras insensatas, dependiendo de quien examinara su expediente, pero es absurdo reescribir lo que ocurrió, entre otras razones porque depende de la perspectiva del observador. Ya usted conoce la gastada estrofa de Campoamor sobre el color del cristal con que se mira. Don Ramón acertó.

Periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas.

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Los revolucionarios radicales no aprenden ni olvidan – Carlos Alberto Montaner

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El líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante su intervención en la tercera sesión del debate de investidura, el 2 de septiembre de 2016, en el Congreso de los Diputados, en Madrid, España. JuanJo Martín EFE

La revolución bolchevique: un siglo de fracasos – Carlos Alberto Montaner

 

Hace 100 años triunfó la revolución bolchevique en Rusia. Para quien quiera entender qué sucedió y cómo, todo lo que debe hacer es leer Lenin y el totalitarismo(Debate, 2017)un breve ensayo histórico, lleno de información y juicio crítico lúcido, publicado por el profesor chileno Mauricio Rojas, ex militante marxista, quien descubriera en Suecia el error intelectual en el que había incurrido.

La revolución rusa fue uno de los momentos estelares del siglo XX. Muchos intelectuales y grandes masas de trabajadores se llenaron de ilusiones. Se hizo invocando las ideas de Karl Marx, en lo que parecía ser la primera vez en la historia que la racionalidad y la ciencia orientarían las labores del gobierno.

Supuestamente, el pensador alemán había descubierto las leyes que explican el curso de la sociedad por medio del materialismo dialéctico e histórico. Se había percatado de la funesta división en clases que se adversaban para hacer avanzar la historia por medio de encontronazos. Denunció, indignado, la forma de explotación empleada por los dueños de los medios de producción a los proletarios, a quienes les extraían cruelmente la plusvalía. Al mismo tiempo, señaló la inevitabilidad del triunfo de los trabajadores en lo que sería el final de una etapa histórica nefasta y el comienzo de la era gloriosa del socialismo en el trayecto hacia el comunismo definitivo.

Era la época de las certezas científicas. Darwin había explicado el origen evolutivo de las especies. Mucho antes, Isaac Newton había contado como se movían los planetas y formulado la Ley de Gravitación Universal. Dios había dejado de ser necesario para entender la existencia de la vida. Todavía no habían comparecido la física cuántica ni el Principio de Indeterminación de Werner Heisenberg. Cada hecho tenía su causa y su antecedente. Marx, simplemente, había extendido esa atmósfera al campo de las Ciencias Sociales.

Con el objeto de consumar el grandioso proyecto de transformar la realidad, Lenin asumió con dureza la necesidad de establecer una dictadura para el proletariado, dirigida por la cúpula del partido comunista, como fase inicial del camino hacia una sociedad sin clases, feliz y solidaria, como prometía Marx al final del proceso revolucionario. Una sociedad, en la que no serían necesarios ni los jueces ni las leyes, porque las conductas delictivas eran producto del sistema de las relaciones de propiedad capitalista de la malvada era prerrevolucionaria.

Sin embargo, el experimento comunista se saldó con millones de muertos, prisioneros, torturados y exiliados, en medio de un indiscutible atraso material relativo evidenciado en casos como las dos Alemania y las dos Corea. Sencillamente, los sueños se frustraron en un sinfín de fracasos y violencias, mientras las ilusiones se transformaron en un cinismo petrificado por el doble lenguaje que obligaba a esconder todos los horrores y errores en nombre de la sacrosanta revolución.

La planificación centralizada por el Estado resultó ser infinitamente menos productiva que el crecimiento espontáneo generado por el mercado y los precios libres, como había advertido que ocurriría Ludwig von Mises en sus ensayos publicados, precisamente, en los primeros años de la revolución bolchevique, acaso con el objetivo de señalarle a Lenin cuál sería el obstáculo insalvable de su vistosa (y sangrienta) revolución.

Finalmente, a principios de los años noventa del siglo XX, el experimento comunista implosionó, se deshizo la Unión Soviética, los satélites europeos rectificaron el rumbo, retomaron el curso democrático, privatizaron las empresas del Estado, optaron por el mercado y se encaminaron, cada uno a su ritmo, por la senda trazada por la Unión Europea.

En todos los casos la puerta electoral quedó abierta para el regreso de los comunistas al poder por la vía democrática, pero, hasta ahora, ningún país ha incurrido en ese loco retroceso, aunque hay en ellos un pequeño porcentaje de comunistas irredentos, casi todos ancianos, que sienten cierta nostalgia por un pasado en el que ellos fueron relevantes a costa de los sufrimientos indecibles de la mayoría.

¿Por qué todo salió tan mal? Seguramente, porque el punto de partida era erróneo: los seres humanos estaban dotados de una cierta naturaleza que no encajaba con el pobre esquema marxista. Eso explica que las revoluciones comunistas hayan fracasado en todas las latitudes (norte, sur, trópico) en todas las culturas (germánicas, latinas, asiáticas) y bajo todo tipo de líderes (Lenin, Mao, Castro). Es una regla que no admite excepciones. Siempre sale mal. Hace 100 años comenzó esa tragedia.

El rey y los catalanes – Carlos Alberto Montaner

 

¿Vamos camino de la independencia catalana? – Carlos Alberto Montaner

 

30 DE SEPTIEMBRE DE 2017 6:30 AM

Un huracán llamado comunismo – Carlos Alberto Montaner

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En medio del huracán recibí una misteriosa foto de Fidel Castro. Arriba decía: “Fidel resucitó”. Abajo del retrato se aclaraba el misterio: “Ahora se llama Irma”. El Comandante había reencarnado en un feroz ciclón.

La broma posee una base seria. Me la explicó Juan Manuel Cao, uno de los periodistas estrella de TeVe América. El comunismo y los huracanes tienen muchas cosas en común. Dejan a la sociedad que los padece sin electricidad, sin comida, sin medicinas, sin ropa, sin gasolina. El agua potable se convierte en un hilillo esquivo que se desvanece con la habilidad de Houdini. Son magos. Lo desaparecen todo. El socialismo es así.

Pero ambas catástrofes se diferencian en un detalle clave: los huracanes sólo perduran unos pocos días y las personas esperan ilusionadas el final del agua y de la ventolera. El comunismo, en cambio, dura una eternidad y, poco a poco, las esperanzas de ver el final se van esfumando. Los cubanos llevamos 58 años de penurias. Los venezolanos, aunque todavía no han llegado al mar de la felicidad, como les anunció Hugo Chávez, comenzaron el viaje hace casi 20 años. Ya están cerca de la meta. Dios los coja confesados.

La Fundación para los Derechos Humanos de Cuba que preside Tony Costa, en un boletín escrito por el historiador Juan Antonio Blanco, agrega una denuncia contundente en respuesta a las declaraciones del dictador Raúl Castro. El general ha explicado que casi todos los recursos de que dispondrá Cuba en el último trimestre del 2017 los emplearán en rehacer la infraestructura hotelera destruida por el huracán Irma.

Las empresas, casi todas foráneas, codirigidas por los generales cubanos, tendrán prioridad. Si hay que arreglar una calle o un edificio, si hay que reparar una línea eléctrica o telefónica, no serán las de los cubanos, sino las de los extranjeros. Siempre ha sido así. Es el gobierno, sin consultar a la ciudadanía, quien decidirá cómo gastará los recursos generados por el trabajo de los cubanos.

Cuando ocurren estas catástrofes se hace más evidente aún el cruel disparate de los sistemas en los que el gobierno, dueño de todas las propiedades, de todos los recursos, y de todos los mecanismos de toma de decisión, elige la seguramente pésima suerte de sus súbditos.

En las sociedades en las que prevalece la propiedad privada, los ciudadanos protegen sus activos por medio de seguros, y si no los tienen adquieren préstamos para reparar sus casas o fincas. No esperan que el Estado les resuelva las carencias más urgentes porque saben, como solía decir Ronald Reagan, que no hay criatura más peligrosa que quien nos dice: “soy representante del gobierno y vengo a solucionarle sus problemas”.

En Cuba hay miles de damnificados de ciclones que sucedieron hace seis, siete o diez años, y continúan viviendo en albergues provisionales que se están cayendo a pedazos. Con frecuencia, la ayuda que llega del exterior es luego vendida en dólares en tiendas especiales.

Recuerdo una revelación estremecedora que me hizo Jaime Ortega, muy molesto, entonces obispo, y pronto cardenal, en los años noventa, en mi casa de Madrid: cuando Alemania, ya reunificada, trató de regalar miles de toneladas de leche en polvo, siempre que las distribuyera Cáritas, sabedora por sus diplomáticos en La Habana que el gobierno vendía esas codiciadas dádivas, el indignado representante del gobierno cubano, un viceministro de Comercio Exterior llamado Raúl Taladrid, por instrucciones de Fidel Castro, pronunció una frase tremenda que debería pasar a la Historia universal de la infamia: “primero los niños cubanos tomarán agua con cenizas que leche distribuida por la Iglesia”.

Ahora le tocó el turno a “Irma”. Poco a poco el país se irá erosionando pronunciadamente, de huracán en huracán, de tormenta en tormenta, hasta transformarse en una ruina incomprensible, mientras el sistema continúe vigente. No me extraña, pues, el amargo chiste. Fidel reencarnó en “Irma”. Mañana será en “Manuel” o en “Carmen”. Hasta que Cuba sea un recuerdo borroso, o hasta que esa castigada sociedad consiga quitarse del cuello la pesada cadena y emprenda el largo camino de la reconstrucción nacional alejada de la utopía socialista.

Periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas.

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Deshojando la margarita coreana, ¿ataco o no ataco? Carlos Alberto Montaner

 

La apresurada educación de Donald Trump – Carlos Alberto Montaner

 

El general John Kelly impidió que Donald Trump cometiera un error. A los marines les gusta terminar ordenadamente su trabajo. Su flamante Jefe de Gabinete convenció al presidente de que Estados Unidos, por difícil que fuera, no debía abandonar a Afganistán sin tratar de robustecer al gobierno de ese país y marginar a los talibanes.

Con toda probabilidad no se lo dijo, pero seguramente lo pensó: su hijo Robert había muerto en la guerra afgana por el estallido de una mina. Empacar e irse con las manos vacías hubiera sido una forma brutal de decirle que su sacrificio había sido en vano, y se sabe que los marines no abandonan a sus hombres en medio del combate.

Como parte del proceso de educación de Trump, Steve Bannon fue alejado de la Casa Blanca. Era demasiado aislacionista y tenía en su imaginativa cabecita mil fantasías conspiratorias. No sólo pensaba que Estados Unidos era el mejor país del planeta –a lo que tenía derecho–, sino que debía preservar para sí toda la riqueza que creara. No advertía que el egoísmo no es una virtud en el terreno internacional.

El razonamiento de Roosevelt-Truman durante y tras el fin de la Segunda Guerra mundial continúa vigente. Estados Unidos no podía sobrevivir como una sociedad libre y próspera en un planeta dominado por modelos y criterios que conducen al totalitarismo. Para protegerse, Estados Unidos tenía que asociarse con otras naciones y compartir su riqueza. El altruismo era, en gran medida, una actitud defensiva. En consecuencia, todo el aparato gubernamental relacionado con el exterior fue diseñado con arreglo a ese criterio.

El Departamento de Estado creó maneras de colaboración con las naciones afines y desarrolló fórmulas mediante el sistema de premios y castigos para atraer al llamado “mundo libre” a las que se podía y penalizar a las adversarias. Todo comenzó con el generoso “Plan Marshall” –otro general brillante y comprensivo– y siguió con el rediseño institucional de Alemania y Japón con el objeto muy exitoso de “cambio de régimen” en esos países.

 Con el paso del tiempo fueron agregándose nuevos peligros: el narcotráfico, el terrorismo islamista o de cualquier índole, el tráfico de personas en las fronteras, la delincuencia organizada, la corrupción pública y privada, casi siempre coludidas. Y a estos desafíos se les trató por el mismo procedimiento: se les enfrentó mediante convenios internacionales, listas de personas y empresas malditas, como la “Lista Clinton”, y a la labor habitual de los cuerpos de inteligencia se agregó la búsqueda de información de esta naturaleza (por ejemplo: “Los papeles de Panamá”), incorporándose a la lucha la DEA, el FBI y el Departamento del Tesoro.

¿Falta algo en la educación de Trump para que pueda dirigir a la primera potencia del mundo? Faltan muchas lecciones, como se desprende del penoso discurso pronunciado en Arizona el 22 de agosto ante un grupo de militantes enfervorizados.

Es urgente, por ejemplo, que el presidente Trump comprenda que para continuar siendo grande y próspero, Estados Unidos necesita comerciar intensamente con todas las naciones del globo, y debe abandonar la absurda actitud de amenazar con alejarse de los Tratados de Libre Comercio (como ya hizo con el que se gestaba en el Pacífico), comenzando con el que el país suscribió con Canadá y México. Tal vez esa actitud proteccionista le permita ganarse la buena voluntad de algunos trabajadores afectados por la competencia, pero va en detrimento del conjunto de la sociedad.

Ese lenguaje contraproducente utilizado por Trump, que es el de los empresarios mercantilistas que medran “a la sombra del proteccionismo” –como denuncia el economista mexicano Luis Pazos–, repetido por una izquierda comunistoide anclada en el desconocimiento de cómo funciona la economía, incapaz de entender que en las actividades comerciales todas las partes ganan, porque no se trata de transacciones de suma-cero, donde lo que uno obtiene el otro lo pierde, sino de la operación esencial de la economía de mercado que potencia el crecimiento constante del capital porque todos se benefician.

Como remata Pazos su artículo (Trump: proteccionismo igual que izquierda): “Los resultados de 22 años de vigencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, más allá de dogmatismos, muestran que ambos países se benefician con el TLCAN. Si Trump insiste en cumplir la promesa de campaña de aplicar más aranceles al comercio México-EUA, beneficiará a ciertos sindicatos de EUA y perjudicará a la mayoría de las empresas y consumidores de Norteamérica”.

Lo que sucederá, además, es que China ocupará esos espacios que Estados Unidos abandona. Ya se ha sugerido con el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y volverá a ocurrir con el TLCAN. Pero esta vez será en el vecindario americano.

Periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas

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¿Es posible otra guerra civil en Estados Unidos? – Carlos Alberto Montaner

Un sociólogo amigo, Jorge Riopedre, con buen juicio político y gran experiencia en el análisis de los conflictos (se les llama polemólogos), teme que sí, que ocurrirá. Incluso, en un arriesgado juego literario aporta una fecha para el inicio de las hostilidades: 2052. Y una fecha para el final: 2055. Apenas tres años. El pleito sería el resultado de un desencuentro étnico entre algunas minorías resentidas y la desdeñosa mayoría relativa que hoy es el mainstream o corriente central de la sociedad norteamericana.

La fecha elegida no es casual. A mediados de siglo en Estados Unidos “los blancos” ya no serán la mayoría absoluta del censo. Nadie ocupará ese espacio. Los blancos sólo formarían la minoría más numerosa, pero algo alejados del 50% de la sociedad. Los hispanos alcanzarán la cifra de 100 millones de personas. Junto a los afroamericanos y los asiáticos se repartirán la otra mitad del pastel demográfico. En su escrito Ríopedre cita una frase conocida de Yasser Arafat con relación a Israel: “el útero de nuestras mujeres es la mejor arma para doblegar a los judíos”.

Charlottesville dos bandos
Sospecho que mi amigo está bajo el impacto del episodio virginiano de Charlottesville. El obsceno espectáculo del KKK y los supremacistas dando gritos antisemitas y antiinmigrantes, y agrediendo a los manifestantes opuestos (de ellos unos pocos, pero aguerridos antifas insertados entre los demócratas, unos violentos tipos anarcoides que se autodenominan anticapitalistas), con el triste saldo de una muchacha asesinada que nada tenía que ver con los antifas, le pareció el ensayo general para otra guerra civil que se irá incubando lentamente con cada encontronazo, con cada pequeño golpe, hasta que sobrevenga el Armagedón.

A priori, debe admitirse que ningún país esté exento de partirse en facciones rivales que acaban a tiros. Hoy parece imposible que Estados Unidos derive en esa dirección, pero los alemanes antes de 1933 decían que el estrafalario Adolfo Hitler jamás se ganaría el favor del electorado del país más culto y poderoso de Europa. Pocos días antes del comienzo de la Guerra Civil de 1910, el New York Times alabó la fortaleza mexicana lograda bajo la dictadura de Porfirio Díaz. Hay muchos ejemplos.

Veamos los síntomas prebélicos.

Bill Kristol

¿No eligieron los estadounidenses a Donald Trump, una persona ajena a los partidos políticos, un verdadero outsider que puede decir algo hoy y mañana afirmar lo contrario, al extremo de que Bill Kristol, el líder intelectual de los neoconservadores republicanos, afirma que el expertise de Trump no es el arte de la negociación sino de la demagogia? ¿No dice Trump que el sistema electoral no es fiable y que la prensa miente constantemente? ¿No insulta o despide a los miembros del gabinete que él mismo ha elegido ? ¿No es verdad que republicanos y demócratas no se ponen de acuerdo en casi nada en el terreno legislativo? ¿No es cierto que desde hace muchos años tirios y troyanos toman caminos diferentes en política exterior?

Sin embargo, aunque todos esos síntomas apuntan a la deslegitimación casi total del sistema, no creo que la situación política norteamericana sea hoy peor que en otras épocas. La crispación de la era de Kennedy, el enfrentamiento de los jóvenes con su sucesor Lyndon Johnson y el amargo periodo de Nixon, culminado con su renuncia a la presidencia, me parecen tan o más graves de lo que hoy sucede.

La República americana, ideada esencialmente por James Madison, con sus frenos y contrapesos, ha dado pruebas de una gran resistencia y flexibilidad. Cuando le acusé recibo a Ríopedre le escribí que aunque la próxima guerra civil norteamericana era posible, no creo que sea probable. Los cimientos son demasiado firmes.

Carlos Alberto Montaner Carlos Alberto Montaner
*Periodista y escritor
@CarlosAMontaner
Vicepresidente de la Internacional Liberal

Su último libro es la novela Tiempo de Canallas

¿Por qué el embargo no derrocó a los Castro? – Carlos Alberto Montaner

¿Sancionar o no sancionar? Ése es el dilema. El embargo a Cuba, declarado por John F. Kennedy en 1962, suele utilizarse como ejemplo del fracaso de las sanciones económicas. En aquellos años, Estados Unidos, en medio de la Guerra Fría, dejó de comprarle azúcar a Cuba y de venderle todo lo demás, mientras muchos países de América Latina rompieron relaciones con La Habana, azuzados por Washington.

Era la época en que Cuba desembarcaba tropas o intentaba el derrocamiento por la fuerza de los gobiernos latinoamericanos, mientras Washington, a su vez, trataba de matar a Fidel Castro y de acabar con su régimen, un satélite de la URSS surgido en 1959 a pocos kilómetros de la Florida, durante la presidencia de Ike Eisenhower.

En 1964 Lyndon Johnson, temeroso de las reacciones del belicoso vecino cubano, al que sotto voce le imputaba la muerte de Kennedy (vivió y murió convencido de ello), resignado a convivir con el apéndice de Moscú clavado en su costado, desistió de intentar liquidar o derrocar a Castro, y optó por “contenerlo”.

El “containment” era un instrumento de la Guerra Fría consistente en tres medidas hostiles, pero legítimas: sanciones económicas, aislamiento diplomático e intensa propaganda adversa. La hipótesis de trabajo era que esas tres armas de hostigamiento, aplicadas con firmeza durante un largo periodo, podrían inducir a la implosión del Estado enemigo.

Naturalmente, contener al adversario requería una continuidad en la estrategia de la Casa Blanca, pero nada de eso era posible en un sistema político como el estadounidense. Acababa imponiéndose la “razón electoral”, y los recién llegados al gobierno traían nuevas soluciones para los viejos conflictos, o nuevos conflictos a los que dedicarse frenéticamente, porque no existía la menor rentabilidad política en tratar de solucionar querellas antiguas que se daban por perdidas. La sociedad norteamericana vivía proyectada hacia el futuro –cambios, innovaciones, invenciones– y no era capaz de sostener esfuerzos de largo aliento anclados en el pasado.

La derrota en Vietnam fue el parteaguas. Estados Unidos quedó muy golpeado y desmoralizado. Nixon asumió el fracaso y buscó las relaciones con China de la mano de Henry Kissinger, un personaje convencido de las virtudes de la realpolitik y del inconveniente de los principios, pero fue su sucesor Gerald Ford el que desechó la política de aislamiento diplomático a Cuba deshaciendo las resoluciones de la OEA y continuando la venta a los Castro de autos norteamericanos fabricados en Argentina iniciada por Nixon. Luego Jimmy Carter remató la faena abriendo en La Habana una “Oficina de Intereses”, que era la manera de restablecer relaciones.

A partir de ese punto la contención de Cuba dejó de existir. Poco a poco, se fue orillando el objetivo de terminar con la dictadura, aunque algunos exiliados tenaces, bajo el liderazgo de Jorge Mas Canosa, lograron que se pusiera en el aire Radio y TV Martí en el gobierno de Reagan, o que el Congreso de Bush aprobara primero la Ley Torricelli, y luego la llamada Helms-Burton en la era de Clinton, una excelente pieza legislativa si en la Casa Blanca alguien hubiese querido utilizarla a fondo.

No obstante, en 1989, cuando el Muro de Berlín fue derribado, o en 1991, cuando desparecieron la URSS, el campo comunista europeo, y hasta el marxismo como referencia teórica, era relativamente fácil para George Bush (padre) o para su sucesor Bill Clinton, retomar el viejo pleito cubano y ponerle fin a la tiranía de los Castro (para lo que hubieran podido contar hasta con el discreto apoyo de Yeltsin y de los rusos), pero ambos prefirieron acogerse a la cómoda idea de que la cubana era una dictadura obsoleta y desacreditada que se liquidaría bajo el peso de su propia incompetencia.

En realidad, el razonamiento escondía un cálculo algo mezquino: era un pleito muy antiguo, sin asideros en el panorama social de los años noventa, cuyos peores aspectos ya se habían descontado localmente. Ponerle fin a la dictadura cubana comportaba ciertos riesgos y carecía de rentabilidad política.

Probablemente era cierto. A George Bush (padre) ni siquiera le sirvió triunfar fácilmente en la invasión a Panamá en 1989 y sacar de circulación a un dictador desagradable como Noriega. Poco después perdió las elecciones frente a Clinton. Luego vinieron Chávez y la patulea antiamericana y antioccidental del Socialismo del Siglo XXI, pero en Washington se empeñaron en juzgarlos “como una molestia, no como un peligro”.

¿Consecuencias de que la dictadura cubana continúe viva y coleando? El irrefutable historiador argentino Juan Bautista (Tata) Yofre lo resume en el título de uno de sus libros: Fue Cuba. En realidad, es Cuba. Un millón y medio de exiliados venezolanos, narcoestados en Venezuela y Bolivia, una pseudo democracia en Nicaragua, Irán con una presencia inédita en América, mientras en Colombia las FARC se afilan los colmillos para tomar el poder por otros medios.

Concretando: en realidad, no fallaron las sanciones económicas. Fallaron los políticos que debían implementarlas. Se cansaron. Cambiaron sus objetivos. Los Castro se quedaron solos en el ringde boxeo y siguieron peleando. En eso estamos.

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Venezuela al borde del abismo – Carlos Alberto Montaner

Trump y los tuits de la ira – CARLOS ALBERTO MONTANER

Trump Melanie

Corrupción e historia – Carlos Alberto Montaner

 

Michel Temer, el presidente de Brasil, teme acabar en la cárcel acusado de corrupción. Pudiera ser. Es la hora de la justicia y los Odebrecht de ese mundo están cantando La Traviata para reducir sus penas. La fantasía popular se imagina a Temer, Lula da Silva y Dilma Rousseff en la misma celda aportada por la operación policiaca Lava Jato.

Veamos, a brochazos, los antecedentes familiares-culturales de los tres expresidentes.

Uno, Temer, profesor de Derecho Constitucional, hijo de un matrimonio libanés, católico maronita, inmigrado a Brasil para escapar del desbarajuste turco generado tras la Primera Guerra mundial. La familia, como suele ocurrir con los católicos maronitas, descendientes de los míticos fenicios, tuvo un buen desempeño económico en la tierra de acogida.

Otro, Lula, un líder sindical del sector metalúrgico, cuyo padre fue un alcohólico perdido, brasileño-portugués por los cuatro costados, formalmente poco instruido, pero muy listo y perseverante. Ha sido el más pobre de todos los gobernantes brasileños de los últimos cien años y, sin duda, el más popular, pese a su notable incapacidad para fijar la atención y entender asuntos complejos.

Y la tercera, Dilma Rousseff, una economista proveniente de una familia enriquecida en los negocios inmobiliarios, hija de un abogado búlgaro comunista llegado a Brasil huyendo de la represión. Su madre era una maestra brasileña y Dilma, en su juventud, se incorporó a los grupos radicales violentos que adversaban a la dictadura militar.

Tres personas de muy distinto origen unidas en la corrupción. ¿Por qué? Porque Brasil y casi toda América Latina (y Portugal y España, que las desovaron en el Nuevo Mundo), son territorios culturalmente corruptos.

Más todavía: las tres cuartas partes del planeta –toda África, casi la totalidad de Asia, el sur y suroeste de Europa– están formadas por naciones cuyas sociedades han practicado diversas formas de corrupción desde que, lentamente, hace diez mil años, comenzaron a surgir los Estados tras la revolución agrícola.

Lo novedoso, lo extraño, es la no-corrupción, y ésta fue la consecuencia no prevista de una audaz máxima que acabó instalándose en las Constituciones y en los códigos de conducta, aunque casi nunca se respetara: “todos los ciudadanos son iguales ante la ley”, lo que también quería decir que “todos los ciudadanos estaban obligados a colocarse bajo la autoridad de la ley”. Pero, si todas las personas tienen los mismos deberes y derechos, y si el abolengo no concede privilegios, ¿cómo se establece la jerarquía social?

Idealmente, por tres vías.

La respuesta política se sustenta en la democracia, basada en la regla de la mayoría, aunque con limitaciones constitucionales para evitar el atropello de las minorías. Se accede al privilegio de ser mandatario por la gracia del pueblo en comicios concebidos para designar a los servidores públicos.

La respuesta social es la meritocracia. Los puestos se ocupan no por la prosapia sino por la preparación. Ser el marqués o su hijo no sirve para dirigir la guerra o para no servir en la milicia. No puede invocarse el linaje para acceder o para rechazar responsabilidades.

La respuesta económica es el mercado. Los consumidores eligen con sus preferencias los bienes y servicios que desean adquirir. Esta selección hace ricos a unos, destruye a otros y aumenta las diferencias sociales. Es imperfecta, pero mejor que la escogencia arbitraria de “ganadores” y “perdedores”, a cargo de funcionarios y burócratas generalmente en busca de coimas o comisiones ilegales.

En el mundo moderno esto comenzó a ocurrir a fines del siglo XVIII en Estados Unidos, precisamente por el desamparo con relación a Inglaterra en que los dejó el éxito de la Revolución americana.

El resultado de este experimento social fue una república exitosa, parcialmente interrumpida por la Guerra Civil (1861-1865), iniciada con cuatro millones de estadounidenses, federados en trece estados semiindependientes, trenzada con instituciones sólidas, que ha resistido durante 230 años, contados a partir de la aprobación de la Constitución de 1787.

¿Se puede imitar ese modelo? Sí, pero sólo si se comprende la extrema importancia de la premisa inicial: todas las personas son iguales ante la ley… pero todas deben obedecerla.

Por supuesto que se puede emular el ejemplo norteamericano: lo han hecho, paulatinamente, las 25 naciones más prósperas y felices del planeta, en las que no suele haber tolerancia con la corrupción. Pero todo comienza con tomar en serio el punto de partida. Eso es lo que no se comprende bien en casi todo el mundo.

Periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas.

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La libertad se acerca para Venezuela – Carlos Alberto Montaner

La postura de Ortega, súbitamente apegada a Derecho –es mejor tarde que nunca–, coincide con el extraordinario ejemplo de rebeldía civil que están dando decenas de miles de jóvenes en ese país. Era realmente un “bravo pueblo”, como reza el himno de los venezolanos. Ya llevan 64 muertos y continúan repitiendo una consigna tercamente heroica mientras los gasean y balean sin compasión: “Calle sin retorno hasta que Maduro se vaya”

Luisa Ortega, Fiscal General de Venezuela, ha introducido un recurso de nulidad ante el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) basado en el carácter inconstitucional de la Constituyente que intenta organizar Nicolás Maduro. Ortega le ha disparado un torpedo a la línea de flotación de un chavismo que ya andaba flaco, fané y descangallado.

Poco antes de dar ese paso definitivo, Ortega declaró que era una persona que no conocía el miedo y, francamente, lo ha demostrado. La respuesta de algunos chavistas ha sido de un cinismo terrible: pretenden declararla “loca”. Algo así como establecer que todo funcionario que tenga un criterio independiente es la prueba de que está mal de la cabeza.

Probablemente los jueces del TSJ, que son meros apéndices de la presidencia, rechacen el recurso de la Fiscalía, pero el mero hecho de haber iniciado ese trámite judicial deslegitima totalmente el proyecto de liquidar los vestigios republicanos que quedaban en Venezuela con el objeto de instaurar una dictadura totalitaria calcada del modelo cubano.

La postura de Ortega, súbitamente apegada a Derecho –es mejor tarde que nunca–, coincide con el extraordinario ejemplo de rebeldía civil que están dando decenas de miles de jóvenes en ese país. Era realmente un “bravo pueblo”, como reza el himno de los venezolanos. Ya llevan 64 muertos y continúan repitiendo una consigna tercamente heroica mientras los gasean y balean sin compasión: “Calle sin retorno hasta que Maduro se vaya”.

¿Es eso posible? Puede ser. Maduro apesta. En marzo, el 21.1% de los venezolanos pensaba que Maduro debía terminar su mandato constitucional en el 2018. Era poco, pero al menos una quinta parte así lo creía. A principios de mayo, menos de 45 días después, el porcentaje de apoyo se había reducido dos tercios, al 8.08. Si lo miden en junio, creo que ni Cilia, su mujer, lo respaldaría. Ese país, esa sociedad, no lo quiere. “¡Fuera Maduro!”, es más un mantra que una consigna.

Estos datos provienen de una reciente encuesta nacional, muy bien hecha, auspiciada por la Universidad Católica Andrés Bello. Los números reflejan lo que dicta el sentido común. El 89.02% piensa que Venezuela va mal o muy mal. Pero no se trata de una percepción remota. Ocho de cada diez venezolanos estiman que a ellos les va mal o muy mal.

¿Por qué? Sencillo: la escasez de alimentos y medicinas es pavorosa y creciente. El 79% de los venezolanos culpa al gobierno de esta situación, incluido el 44% de los que se autocalifican de chavistas. El hambre ha llegado a los cerritos. La indiferente legión de los ni-ni –ni con unos ni con otros— se ha reducido a la mitad. Ergo, el 77% del pueblo respalda las protestas frente a un magro 17 que se opone.

La encuesta es muy larga. Vale la pena examinarla porque les pregunta a los venezolanos cuál es la salida del laberinto. Naturalmente, los presos políticos, claro, a la calle. Y, sin duda, consultas verdaderamente democráticas. Nadie quiere una guerra civil. Inmediatamente, elecciones para gobernadores y alcaldes. Luego, la presidencial. El objetivo es enfriar la bomba potencial en una urna.

Mientras todo eso sucede, el 88.4% pide un canal humanitario para que los pobres coman y se curen. (Los pobres, gracias a la estupidez congénita del socialismo, ya son más del 66% del censo y continúan aumentando. Por ahora, se alimentan de las sobras, a veces nauseabundas, del pequeño grupo que tiene ahorros en dólares fuera del país).

Si Vladimir Padrino López, el general a cargo del manicomio, revisa la encuesta, verá que el ejército, la policía y los paramilitares están en la cola de los aborrecimientos, sólo superados en esa poco honorable “shit list ” por los chupópteros de los países del ALBA, percibidos como los grandes “chulos” de la riqueza venezolana.

Ese es el mejor argumento que tiene Padrino para quitarle todo apoyo a Maduro. Los están hundiendo ante un pueblo que antes los admiraba. Los grupos más respetados son los muchachos que luchan y mueren, los empresarios que tratan de crear riquezas nadando contra la corriente, los curas locales, que están junto al pueblo, las redes sociales que transmiten información y no propaganda.

Obviamente, Raúl Castro y sus militarotes intrigan incesantemente para no perder esa fuente de ingresos, pero el chavismo sereno –de que los hay, los hay– tendrá que admitir que no se puede ahogar para salvar a una isla parásita, aferrada a un sistema absolutamente improductivo, empeñada en no crear riqueza y en vivir de la caridad ajena, que lo único que aporta, cobrados a precio de oro, son los planos para la fabricación de una asfixiante jaula implacablemente empobrecida.

La encuesta termina con una frase certera: la libertad está cerca. ¿Cuándo? No lo dice. Son encuestadores, no magos.

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Maduro no podrá construir la jaula – Carlos Alberto Montaner – #infoVIDEO –

Trump y Putin, o las amistades peligrosas – Carlos Alberto Montaner

Trump y Putin, o las amistades peligrosas

¿Por qué Nicolás Maduro se saca de la manga una nueva Constitución? Carlos Alberto Montaner

 

El Continente invisible – Carlos Alberto Montaner

 

América Latina es, para bien y para mal, el continente invisible

Para bien, paradójicamente, se demuestra en el triste caso venezolano. Cuando Nicolás Maduro amenaza a Estados Unidos o a España y dice algunas soeces barbaridades: nadie le hace caso. Eso es de agradecer. No lo escuchan. No cuenta. No lo perciben. Es un dictador de celofán y eso le molesta.

Para mal, porque no hay enemigo pequeño, y mucho menos un grandullón colombiano, o de origen dudoso, que mide dos metros y pesa 130 kilos. Incluso, como suelen decir los panameños, siempre dados a las metáforas náuticas, porque no hay actitud más rentable que “navegar con bandera de pendejo”.

Nadie discute que Maduro se pasea por el mundo explotando su identidad de bobo a la vela, y que es un tipo folclórico que habla con los pajaritos (y con las pajaritas, agregaría el personaje), pero hace mucho más que practicar el lenguaje de las aves y retorcer la gramática: auspicia el narcotráfico, otorga pasaportes ilegales, está asociado a Irán, a las FARC y a las bandas de terroristas islamistas, mientras alienta en su país la mayor ola de corrupción que recuerda la historia.

Todo esto, subraya el político y politólogo boliviano Carlos Sánchez Berzaín, desata el éxodo desordenado de la gente más desprotegida. Si guatemaltecos, salvadoreños, hondureños y mexicanos huyen hacia Estados Unidos, es porque gentes como Nicolás Maduro crean las condiciones ideales para que millones (y millonas Maduro dixit) de personas piensen, como sentenciaba Simón Bolívar, que todo lo que puede hacer un latinoamericano ilustrado es emigrar.

Por eso es un disparate que Estados Unidos se dedique a combatir los síntomas del mal – narcotráfico, terrorismo islamista o el habitual de toda la vida, la corrupción generalizada o la inmigración ilegal –, y que ignore las causas de estos flagelos. Es como pelear con la cadena y olvidarse del mono. Es un atroz error pasar por alto a Nicolás Maduro, Raúl Castro, Evo Morales, Daniel Ortega y al resto de los sospechosos habituales.

En este momento, a los míticos 100 días de instalarse en la Casa Blanca, la administración de Donald Trump todavía no ha nombrado en el Departamento de Estado al Subsecretario a cargo de América Latina, no ha formulado una política coherente con relación a los peligros que emanan de esa zona, y ni siquiera ha designado a un embajador titular para que participe en la OEA.

Tampoco es de extrañarse, dado que los países limítrofes también carecen de instinto de conservación y son incapaces de formular una política exterior que intente protegerlos.

En Colombia, Juan Manuel Santos jugó con la fantasía de que Chávez era su nuevo “mejor amigo”, pese a que miles de narcoguerrilleros colombianos vivaqueaban en Venezuela y él lo sabía, mientras al Brasil de Lula y de Dilma no le importaba que una buena parte de la coca que las FARC producía y Venezuela exportaba por medio del Cártel de los Soles (el de los generales venezolanos), inundara las calles de Sao Paulo y Río de Janeiro.

Es indispensable, en este punto, formular y responder tres preguntas básicas.

¿Por qué los únicos países latinoamericanos que han formulado una política exterior conjunta, consonante con sus objetivos, son dictaduras totalitarias, como Cuba, o disfrazadas, como Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador?

Acaso porque sueñan con hundir a Estados Unidos y a los valores que le dan forma y sentido a las odiadas (por ellos) democracias liberales, y saben que para lograr esos propósitos es indispensable actuar en el terreno internacional.

¿Por qué las democracias latinoamericanas son incapaces de generar una política exterior individual o colegiada que las defienda del permanente acoso totalitario?

Tal vez, porque nuestros dirigentes políticos (con excepciones) no ven más allá de sus narices, o porque han delegado en Estados Unidos esa función, sin comprender que a esta nación, finalmente, le importa un rábano lo que pueda ocurrir fuera de sus fronteras, salvo que afecte los intereses y la seguridad de Estados Unidos, como es posible deducir de la permanente corriente aislacionista presente en el país desde que George Washington se despidió del poder recomendándoles a sus compatriotas que se mantuvieran alejados de las querellas europeas.

¿Por qué a Estados Unidos le interesa más cuanto sucede en Indochina o en el Magreb que lo que ocurre en el vecindario latinoamericano, a pocos pasos de la (todavía) imaginaria muralla de Trump?

Sospecho que tiene que ver con la propia autopercepción estadounidense. Pese a la recomendación de Washington, el mainstream se ve como una prolongación de Europa y tiene preocupaciones europeas. América Latina fue un mundo desovado y celosamente guardado por España durante siglos. Muy pocos norteamericanos son capaces de percibir el peligro cuando emana de naciones insignificantes. Por eso no ven, no oyen y no sienten. Trágico.

Carlos Alberto Montaner    @CarlosAMontaner

¿Caerá Nicolás Maduro? – Carlos Alberto Montaner

¿Caerá Nicolás Maduro?

Por Carlos Alberto Montaner

Maduro y el chavismo caerán, pero no por su propio peso, sino por el esfuerzo de sus adversarios. El síntoma inequívoco está en esos millares de jóvenes venezolanos dispuestos a enfrentar a las fuerzas represivas. Los venezolanos menores de 25 años no conocen otro régimen que el confuso guirigay chavista. Si persisten, acabarán por triunfar, como sucedió en Ucrania.

Los estados totalitarios tienen un tiempo crítico de gestación. Las revoluciones no se pueden hacer en cámara lenta y el manicomio venezolano fue inaugurado en 1999, hace 18 años. Las ingenuas ilusiones de aquel instante fueron progresivamente aplastadas bajo el peso de una nefasta experiencia gerencial que ha destruido al país trenzada con la corrupción, el narcotráfico y la idiotez.

El tiempo es un factor crítico. Cuando las revoluciones comienzan cuentan con muchos adeptos y con la curiosa expectativa del conjunto de la población, pero los caudillos totalitarios saben que deben actuar rápidamente porque la luna de miel será corta. Lenin tomó el poder en octubre de 1917 y antes de los dos años ya había echado el cerrojo. A Fidel Castro sólo le tomó 18 meses apoderarse de todos los medios de comunicación, de la enseñanza privada y de las grandes y medianas empresas.

Probablemente Hugo Chávez tuvo que someterse a otro calendario por la forma en que tomó el poder y porque hizo redactar una Constitución garantista con bastantes elementos de la democracia liberal. Enterró un texto “moribundo”, pero parió otro que hablaba de separación de poderes y de libertades, y que dejaba la puerta abierta a la insurrección en caso de que la estructura republicana estuviera en peligro.

¿Cómo se sostiene Nicolás Maduro pese al manifiesto rechazo popular al régimen?

Su poder se fundamenta en la capacidad represiva del régimen y ésta, a su vez, depende de la información que recibe y del daño que les puede infligir a quienes no obedecen. De ahí la importancia del terror. El sistema juega con la ilusión de que conquista el corazón de los ciudadanos, pero no es verdad. Se trata de apoderarse de las vejigas de los súbditos. La intención es que se orinen de miedo.
Como se sabe, la información es poder. Maduro tiene acceso a los informes de la inteligencia cubana, organismo dedicado a explorar la vida y milagro de las personalidades venezolanas –opositores y chavistas–, especialmente de quienes merodean el poder y tienen la posibilidad potencial de descabezar al gobierno, sustituirlo y darle un vuelco instantáneo a la situación política.

Luego viene la represión. Los servicios cubanos aprendieron de la Stasi alemana, madre y maestra de la represión, que basta un 0.5% de la población para manejar a cualquier sociedad en la que, además, el gobierno controle férreamente los tribunales y el aparato propagandístico para construir el relato que le permita perpetrar cualquier canallada.

¿Cómo llegaron los soviéticos y los alemanes a ese porcentaje? Según la leyenda, la cifra surge de la observación de los rebaños ovinos hecha por la eficiente policía política zarista: la temible Okhrana. Bastaba un perro feroz para mantener a raya a 200 temblorosas ovejas. Entre sus actividades estaba, fundamentalmente, la información, la desinformación, la penetración y la disgregación del enemigo.

En Alemania Oriental apenas necesitaron ochenta mil personas para sujetar a 16 millones de aterrorizados súbditos. En Cuba son unas cincuenta y cinco mil para 11 millones. En Venezuela se trataría de 150,000 personas dedicadas a maniatar a casi 30 millones.

Sin embargo, en Venezuela no alcanzan, y ahí está “el bravo pueblo” en las calzadas y plazas para demostrarlo. Maduro quiere armar una milicia de un millón de paramilitares. ¿Para qué? Porque no se fía de las Fuerzas Armadas. Esas milicias son para evitar que un día algunos militares se cansen de su incompetencia y de sus necedades, como hicieron con el general Juan Velasco Alvarado en Perú, aunque, en su caso, tal vez termine en un avión rumbo a Cuba, rodeado de los handlers del G-2 isleño, que lo manejaban como a una marioneta inepta que hablaba con los pajaritos y bailaba salsa en medio del naufragio.

La hambruna está a la vuelta de la esquina por la falta de dólares para importar alimentos. La catástrofe es mucho peor en sociedades urbanas, como la venezolana, en las que el 78% de la población carece de habilidades campesinas. Súmese a este cuadro la falta de medicinas, de insecticidas, y de todos los factores que mantienen a raya las enfermedades. El resultado es obvio: Venezuela se hunde si Maduro continúa instalado en Miraflores. Todos los venezolanos, incluso los chavistas, saben que tiene que irse.

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